El Bebedor. By Jorge Daza.

EL ALQUIMISTA.

Fuente: https://pin.it/DV34fZ0

##Boxeo #Boxing #BoxingMichale&Queen #FuerzaGolpes #Golpe

La voz de aquel hombre supuso el rayo de esperanza que yo tanto anhelaba. De pronto la luz del sol se abrió paso aprovechando un resquicio en las nueves para iluminar una figura espigada que se situó justo detrás del esclavista que había vencido a mis escoltas y a mí, me había dejado en el suelo de un solo golpe.

Por desgracia, en este mundo roto, la esperanza es tan escasa como efímera, y se desvaneció justo en el momento en el que el esclavista se giró y golpeó fuertemente al hombre que tenía detrás. El impacto fue tal que su cuerpo salió volando hasta estamparse contras unos escombros situados a varios metros a su espalda. Era imposible que con ese puñetazo alguien hubiera sobrevivido. Y el impacto contra los escombros habría destrozado todos los huesos de un ser humano.

Maldije mi suerte. Por un momento pensé que me alguien me salvaría o, que por lo menos, podría aprovechar su intervención para escabullirme por los túneles del metro. Pero todo fue tan rápido que no me dio tiempo ni a parpadear.

— ¿Por dónde íbamos? —dijo el esclavista a modo de burla centrando nuevamente su atención sobre mí.

Su sonrisa era horrible, no por sus dientes torcidos ni su color cercano al amarillo, sino porque encerraba una intención malsana que jugaba en mi contra.

Extrañamente, esa sonrisa se desdibujó.

Sonaron unas piedras rodando por el suelo, un par de pasos y unas sacudidas en la ropa. Todas las miradas volvieron a centrarse detrás del esclavista.

—Joder, casi te cargas la gabardina —dijo el hombre. — ¿Tú sabes lo que me costó encontrarla? Casi doce Zaras. ¡Doce! Hasta que encontré una de mi talla.

­­—Veo que tienes una gran fortaleza —le dijo el esclavista.

—Veo que eres muy observador.

Por fin pude ver claramente los rasgos de aquel hombre. Era alto, bastante, vestía de negro con unas botas ajustadas y una gabardina larga. Su cabello era corto, algo salvaje y del mismo color que el azabache. Sus facciones eran ligeramente huesudas, pero tenía bastante encanto. Y su porte era… desganado. Daba la sensación de que había vivido mil vidas y para él aquello fuese una repetición más de los hechos. Estaba calmado, seguro de sí mimo, sobrado de soberbia y sarcasmo.

—Bueno, hay más formas de matar a un tipo tan duro como tú. Si no es a golpes, puede ser por asfixia.

El extraño de negro sacó una petaca de cristal verde del bolsillo interior del abrigo y bebió un trago. Puso de nuevo el tapón de plata y la devolvió al bolsillo.

—Vaya, y yo que pensaba que tu desmesurada fuerza compensaría una falta total de neuronas, pero veo que hasta se te ocurren buenas ideas. También puedes envenenarme, electrocutarme o quemarme, entre otras muchas. Tienes donde escoger.

¡¿Le estaba dando ideas?!

­—O eres un completo idiota o confías demasiado en el poder de tu espíritu guardián.

—Mi ex pensaba lo primero. Yo opto más por lo segundo.

—Pues siento decirte que tu ex tenía razón.

El esclavista lanzó otro puñetazo… que fue detenido en seco por la mano de aquel hombre. Me atrevería a decir que pude ver la onda expansiva del golpe escapar hacia los laterales. Sonó tan fuerte que me hizo dar un respingo. Y aun así las dos figuras no se movieron del sitio. El extraño de negro aferró el puño del esclavista. Este no se podía librar por más que tirara. Intentó golpearle con la otra mano, pero se encontró con otra palma deteniendo el golpe. El esclavista usaba toda su fuerza para zafarse de ambos agarres, se notaba su esfuerzo. Sin embargo era completamente inútil. Lo más llamativo era que aquel hombre tan alto y extraño no parecía hacer el más mínimo esfuerzo.

—Tu error ha sido confiar demasiado en tu poder. Te crees que tener una fuerza descomunal te hace único y te proporciona una enorme ventaja. Te crees que nadie puede siquiera tocarte. Pero te equivocas. La súper fuerza es un poder mucho más común de lo que imaginas —acercó su rostro al del esclavista y le susurró. —La dan gratis en las cajas de cereales.

Tras soltar aquella frase memorable, que de memorable tenía bastante poco, echó la cabeza hacia atrás y acto seguido le dio un testarazo en pleno rostro que hizo mucho daño al esclavista. Este seguía con los puños atrapados. De nuevo otro cabezazo y el esclavista, puso una rodilla en el suelo. Ya le tenía a su merced, así que el hombre de negro le soltó los puños con movimiento rápido hacia los laterales, para apartarle los brazos del torso, y le soltó un estruendoso puñetazo al rostro. El esclavista cayó inconsciente al suelo. Sus compañeros quedaron perplejos. Por un instante dudaron si bajar y socorrer a su amigo o salir huyendo. En cuanto el hombre de la gabardina levantó la mirada hacia ellos, enseguida tomaron la segunda decisión.

— ¿Estás bien? —me preguntó mientras me ayudaba a levantarme.

—Creo que no estoy herida. Ese tío es un bestia, pero nos quería vivos. Espera, sigue con vida, ¿verdad?

—Supongo que sí. Me he contenido un poco.

Le dio un par de patadas suaves y se oyó un lacónico gemido.

—Yo lo veo bien.

Salvando la sangre que manaba de su nariz como un río, por lo demás parecía que iba a sobrevivir. Reparé en mis compañeros de viaje, en los dos escoltas que me llevarían a zona segura. Ellos se habían llevado la peor parte tratando de defenderme, así que corrí a socorrerles. Me sentí aliviada al ver que recobraban poco a poco la consciencia.

— ¿Qué ha pasado? —preguntaron. — ¿Por qué está ese animal en el suelo?

—Él nos ha salvado —revelé. —Nos ha librado de los esclavistas.

—Porque puede que él también sea uno que quería robarles la presa.

—Odio los esclavistas, así que no me compares con uno —se defendió el hombre bebiendo de su peculiar petaca de cristal verde.

—Debemos irnos cuanto antes. Estamos muy cerca de La Paz. Allí estarás segura.

— ¿Vais a La Paz?

—Sí, me han dicho que es una zona segura y que se puede vivir sin problemas —respondí. —Soy enfermera, y oí que necesitan algunas porque tienen un doctor.

—Ah, sí. El doctor Saavedra.

— ¿Le conoces?

—Nop. Pero toda la ciudad habla de él. Hoy en día un doctor en medicina es jodido de encontrar, y tener uno da bastante prestigio y poder. Habrá mucha gente que se esté dirigiendo a La Paz hoy en día y para mí que van a tener algunos problemas para dar cobijo a todos.

—Por eso los esclavistas están tan activos por la zona últimamente —dijo uno de mis escoltas dando un par de pasos para comprobar si la pierna que le dolía estaba rota. Por suerte solo era una fuerte contusión. —Tendremos que ir con mucho cuidado.

—Suerte con ello —dijo el hombre a modo de despedida comenzando a subir por una montaña de cascotes hasta la superficie.

— ¡Espera! —me apresuré. — ¿No quieres acompañarnos?

—Pues no tenía intención de pasar por allí, pero… —sacó un móvil del bolsillo y le echó un vistazo a la pantalla. —Casi no tengo batería, así que puedo ir con vosotros y aprovechar para cargar este trasto.

No era raro encontrar gente aún apegada a los teléfonos móviles. Vale que las comunicaciones habían dejado de funcionar hacía bastante tiempo, pero mucha gente aún los usaba para conservar sus recuerdos en forma de fotos, estar al tanto de las fechas  o llevar las cuentas en acuerdos o trueques. Un móvil seguía siendo una herramienta útil, pero algo cara de mantener, ya que dependía de tener siempre cerca un sistema eléctrico, y eso siempre solía estar monopolizado.

Por el camino hablamos un poco justo sobre ese tema. Al parecer había un grupo de gente que estaba intentando restablecer la red de telefonía móvil en Madrid, pero aún no se sabía nada a ciencia cierta. Nuestro salvador reveló que le daba igual poder hablar por teléfono. En realidad lo usaba únicamente para escuchar música.

—Queen —dijo con una amplia sonrisa. —El mejor grupo de la historia de la música.

—El mejor siempre ha sido Michael Jackson —dijo un escolta.

Aquella afirmación alteró a nuestro acompañante y comenzaron una pequeña discusión acerca de quién era mejor: si Michael Jackson o Freddy Mercury. Aunque la discusión subió un poco de volumen y nuestro salvador hacía varios aspavientos, se notaba que era una conversación inocua y me hizo bastante gracia. Aquel hombre defendía al vocalista de Queen a capa y espada y se picaba si se le llevaba la contraria.

Con la charla el camino se me hizo bastante corto y pronto cruzamos la linde de la zona segura de La Paz. Había un puesto de control en las torres, donde tuvimos que explicar nuestros motivos para entrar y no nos pusieron ninguna traba. Cruzando aquel control ya nos encontrábamos a salvo. Ningún esclavista tenía permitido actuar dentro de la zona protegida salvo pena de muerte. Ya se había dado el caso, y fue tan sonado que nadie se le ocurriría volver a intentarlo.

Sin embargo, el haber entrado en los dominios de uno de los reyes de la ciudad, daba la falsa sensación de seguridad. En realidad, da igual dónde te encuentres. En este mundo roto, no hay lugar donde se pueda estar a salvo.

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