El Alquimista. Mundo roto.

By Jorge Daza.

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El mundo está roto. Es la definición que más se usa para definir la actualidad que vivimos. Todos habíamos pensado alguna vez que la civilización llegaría a su fin por la propia estupidez humana. Algún conflicto mundial en el que la incompetencia de unos pocos líderes llevaría a la ruina a todo el planeta o un cambio climático extremo que nos barrería de la faz de la Tierra. Yo hubiera apostado por lo primero, francamente. Sin embargo, nadie, absolutamente nadie, se esperaba lo que en verdad pasó.

No fue hace mucho, así que los recuerdos aún permanecen frescos. La gente hacía su vida cotidiana: iban a trabajar, al gimnasio, hacían deporte o viajaban de un lado a otro. El panorama internacional era el mismo de siempre: tiranteces entre países, inseguridad ciudadana y alguna noticia lacrimógena para sacar un pequeño atisbo de esperanza en el torturado espectador.

Y, de pronto, todo se vino abajo en menos de un minuto. Sonó una especie de trueno grotesco, como si la furia de una tormenta estallara sobre nuestras cabezas. Los cristales de las ventanas temblaban, y el ruido no desaparecía. La gente se paró en mitad de la calle, se sucedieron numerosos pequeños accidentes de tráfico por despiste y las miradas se elevaron al cielo para ver una enorme brecha en el aire. El color era rojizo, con bonitas auroras de colores y contrastaba mucho con el azul del cielo despejado.

La semejanza que se me pasó por la cabeza en el momento que lo vi fue la del cristal de una canica rompiéndose por un fuerte golpe.

Muchos entraron en pánico. Algo normal cuando ves que el mismísimo cielo se abre por encima de tu cabeza. Por desgracia aquella grieta no era lo que acabaría por llevar el mundo al infierno. Quizá hubiera sido más cómodo y menos agonizante que el aire se escapara por ella y nos hubiéramos quedado sin atmósfera. Pero, aparte de un bonito espectáculo, esa brecha no suponía una amenaza en sí misma. Solo se trataba de una puerta abierta. Lo que realmente rompió el mundo fue lo que entró por ella.

Minutos después de que el estruendo se oyese y la grieta se formara, aparecieron ellos: los espíritus. Uno justo al lado de cada ser humano. Sin excepción. Surgieron de la nada, como si siempre hubieran estado ahí y de pronto pudiésemos verlos. La mayoría tenían forma humana, aunque casi siempre tenían algún rasgo extraño, como cuernos, alguna deformación o cosas así. Otros, por el contrario, diferían bastante de nosotros. Eran como animales o seres completamente deformes sacados de algún cuento de terror. Siempre agradeceré que, el que apareció a mi lado, tuviese un aspecto de lo más normal. Se trataba de un hombre de unos treinta o cuarenta años. Lo único por lo que llamaba la atención era por tener una vestimenta parecida a una túnica ceñida. Siempre me dio la impresión de que pertenecía a una orden o secta.

Poco después, ese mismo día, los espíritus empezaron a comunicarse. Hubo una infinidad de preguntas acerca de dónde venían y qué había al otro lado. Pero siempre contestaban a ellas con un extraño silencio. Mediante ensayo y error pude comprobar que tenían reglas muy estrictas que ninguno podía saltarse. Entre ellas estaba hablar sobre el otro mundo y acerca de su llegada. Fue gracias a eso por lo que me di cuenta de un detalle que me hizo permanecer en constante alerta. Había otros espíritus, y no eran pocos, que sí hablaban sobre el otro mundo. Aunque cada cual daba una versión distinta. Otros, como el mío, se limitaban a mirarme en silencio sin responder. ¿Era posible que algunos pudieran saltarse las reglas y otros no? No tenía mucho sentido. No había un patrón. Así que la única conclusión a la que llegué fue que algunos de ellos mentían. Cuando expresé esa idea en voz alta mi espíritu se limitó a aconsejarme que no me fiara de nada, ni de nadie. Después no hubo forma de sacarle más información valiosa.

Esos días recibieron muchos nombres: la Venida, la Gran Confusión o cosas así. De donde vengo yo, ese corto, pero intenso, espacio de tiempo fue conocido como los Días de Incertidumbre. Porque nadie sabía lo que estaba pasando ni el porqué.

Pasado ese período de gracia vino lo que casi todo el mundo llama el Cántico. Si su llegada supuso una gran conmoción, el Cántico no se quedó atrás. Todos los espíritus comenzaron a repetir una y otra vez las mismas frases. Exactamente las mismas palabras y al mismo tiempo. Era como si todos estuviesen sintonizados a una única emisora de radio. Su mensaje era críptico, pero resultaba claro que se trataba de un vaticinio. Anunciaban la llegada del Crisol, el cual tendría la capacidad de cerrar la grieta y devolver al mundo a la normalidad o mantenerla abierta.

Daba igual que se les preguntase de qué estaban hablando. Solo se limitaban a repetir las mismas palabras durante cortos espacios de tiempo como si fuesen un cántico. Luego se limitaban a permanecer en silencio y estar siempre al lado de la persona que se suponía tenía asignada cada uno.

Aquel período duró ocho días. Después volvieron a silencio más absoluto durante cinco días más. No hablaban ni se comunicaban de ninguna forma. Durante esos días la gente se dio cuenta de que cada vez veían menos espíritus. Sabían que estaban allí, observándonos, pero poco a poco dejaban de verlos hasta que únicamente eran capaces de percibir al suyo. A mí eso no me pasó, aunque luego entendí el motivo.

Hasta entonces la situación, pese a ser realmente rara y confusa, se había podido sobrellevar. Por desgracia todo eso cambió cuando acabó el quinto día de silencio. A partir de entonces se abrió la oscura etapa que todos conocemos como el Caos.

Cada espíritu estaba asignado a una persona. No había ninguna en el mundo que no tuviese uno. Y cada uno le otorgaba un poder a la persona que acompañaba. Estos poderes eran muy diferentes. De pronto algunos podían volar, o tenían una fuerza increíble. Incluso una vez, en los primeros días, vi a un tío pasearse con un coche súper deportivo envuelto o hecho completamente de llamas. Nunca supe si debajo de las mismas había metal, pero el motor rugía igual y el muy caradura alardeaba de cargarse el medio ambiente.

Quizá esto de tener poderes podría haber sido algo bueno. No fue así. La inmensa mayoría era incapaz de hacer un uso responsable de sus nuevas habilidades. Aumentó la tasa de crimen. Ahora los ladrones eran más osados, ya que podrían enfrentarse a la policía lanzándoles un coche, como se vio en televisión cuando retransmitieron el atraco a un banco a plena luz del día. Pero a su vez uno de los policías que no fue aplastado respondió ensartando a los atracadores en púas de cemento surgidas del suelo. El espectáculo fue visto por miles de personas y posteriormente retransmitido a muchos otros países. Aquel fue el preludio de lo que iba a suceder.

La población perdió la cordura. La gente usaba sus nuevos poderes sin saber muy bien cómo funcionaban y las consecuencias que podían tener. Hubo muchísimos accidentes que acabaron mal. No faltaron las venganzas y los impulsos egoístas. La situación pronto escaló hasta convertirse en algo incontrolable. Ningún gobierno estaba preparado para algo así. Ni siquiera lo han estado para una pandemia, y eso que hemos sufrido muchas durante siglos. Solo hicieron alarde de su incompetencia en los medios de comunicación llamando a la calma y anunciando medidas que no tenían el más mínimo efecto. Estaban desbordados.

En muy pocas semanas comenzó a establecerse la ley marcial en varios países. Pero, ¿qué pueden hacer los soldados cuando uno tiene el poder de hacerse invisible y robar a sus anchas u otros tienen poderes devastadores que pueden destruir un tanque? Las armas convencionales ya apenas tenían efecto para disuadir. Ante la peligrosidad de la propia ciudadanía, los militares emplearon más fuerza y, por ende, hubo aún más muertes e indignación. Aquello se convirtió en una bola de nieve que rodaba pendiente abajo: el caos era imparable.

Todos perdimos seres queridos en aquellos tiempos. La mayoría tan solo buscábamos un refugio donde sentirnos a salvo mientras las calles se inundaban de violencia. Hubo incluso algún líder desesperado que ordenó bombardear una de sus propias ciudades para proyectar su fuerza sobre la población. No duró vivo más de una semana después de eso. Nosotros rezábamos porque eso no ocurriera en nuestra ciudad.

Pasaron los meses y los gobiernos fueron cayendo. En su lugar se establecieron diferentes dominios regidos por los más fuertes, por aquellos que tenían los poderes más destructivos o que mejor sabían usarlos. Las disputas siguieron, y esos dominios poco a poco se iban reduciendo. También la población lo fue haciendo a un ritmo alarmante. En menos de un año casi la mitad de los seres humanos del planeta había muerto. Las infraestructuras comenzaron a fallar. Ya no había operarios ni economía para que las fábricas siguiesen produciendo. Los productos comenzaron a escasear y los repuestos de las maquinarias se convirtieron el algo prioritario. El agua potable y la electricidad fueron los servicios cuya escasez fue más notoria. Uno se acostumbra fácilmente a tener ciertas cosas. Hoy en día, para sobrevivir, hemos tenido que acostumbrarnos a su falta.

Si ya acusábamos esos problemas con tan solo la mitad de la población, ahora la situación es desesperada. Algunos estiman que quedamos, a lo sumo, un 10% de la población que había antes de la grieta. Yo creo que, quien diga eso, es un optimista. La gente se esconde en mitad del campo o en las ciudades desérticas y a medio derruir. Los animales campan a sus anchas por las calles. Es frecuente ver jabalíes por el centro de la ciudad o sufrir un ataque de lobos en plena avenida si no se tiene cuidado. Perdí a un amigo así. Solo oímos sus gritos y la jauría. Los primeros desaparecieron, los segundos continuaron mientras se alimentaban de su cuerpo. Es el problema de no tener un poder suficientemente fuerte o no saber aprovecharlo.

Por el contrario tenemos a quienes tienen una habilidad realmente rompedora. Esos suelen dominar al resto, autoproclamarse líderes, o incluso reyes si están lo suficientemente locos. Hoy por hoy, con la escasa población en busca de un refugio donde poder vivir tranquilo, esos desquiciados están organizando un sistema social parecido al feudalismo. Fundan una especie de colonia, acogen a viajeros y les ofrecen seguridad y alimento a cambio de servilismo. No es tan malo. Solo tienes que hacer algún trabajo para la comunidad que ayude a su mantenimiento.

La peor parte se la llevan aquellos que no logran pedir asilo en esos bastiones. Porque, además del feudalismo, también volvió una de las facetas más oscuras del ser humano: el esclavismo. Hay personas que se dedican a apresar a otros en zonas no protegidas por algún señor y luego venderlos al líder que mejor les pague. Siendo esclavo pierdes algunos derechos. Te pisotean, abusan de ti y te someten a trabajos extenuantes. Hay muchos esclavos trabajando en las granjas para producir alimento que sirvan a los bastiones. He visto algunos durante mi viaje. Y lo único que pude hacer fue apartar la vista de sus tristes figuras malnutridas y seguir mi camino.

Si se pisa un bastión se tiene derecho a pedir asilo y ser tratado como un ciudadano. Te dan unos papeles que suelen servir para que no te hagan esclavo en aquellas zonas donde tenga influencia el señor feudal. Pero, para eso, tienes que llegar al bastión por tu propio pie.

En Madrid había cuatro bastiones. Cada uno gobernado por un, llamado, rey. Los cuatro reyes eran muy poderosos. Mientras que la mayor parte de la gente tenía un poder proporcionado por el espíritu, algunos obtienen más de uno. Estos poderes son diversos. Pueden ser de varios grupos: sensoriales, espirituales, de encantamiento o de posesión. Oí que los reyes de Madrid pertenecían a este tipo de personas, y que estar bajo la protección de uno suponía una gran ventaja. Se podría vivir relativamente bien. En comparación con sobrevivir en el campo, sin apenas alimento y con el miedo constante a los animales salvajes o a los esclavistas. Por eso me aventuré a ir a la ciudad. Conseguí hacerme con los servicios de dos escoltas de Ávila que solían llevar gente de allí a la zona norte de Madrid. Nuestro objetivo era llegar al hospital de La Paz. Es curioso, nunca lo había imaginado. Pero, cuando el mundo se va al mismísimo infierno, los hospitales son las estructuras más seguras y usadas para formar pequeñas colonias. Supongo que debe ser por su ubicación, servicios, almacenes de medicamentos y cosas así.

Nuestra meta era llegar al hospital y pedir asilo. En verdad parecía un trayecto fácil. Uno de los escoltas tenía la habilidad de detectar a otros espíritus a cierta distancia, y el otro era fuerte y con la habilidad de resistencia increíble. De esa forma sorteábamos a posibles esclavistas y podíamos protegernos de los animales salvajes. Sin embargo, no contábamos con que un pequeño grupo de esclavistas tenían a uno con la habilidad de poder ocultar la presencia de sus compañeros. Y otro de ellos tenía el privilegio de tener una fuerza colosal. Nos tendieron una trampa en Bravo Murillo, a poca distancia del hospital. Una estación de metro cerca de Plaza de Castilla tenía derrumbado el techo sobre la vía y ahora estaba a cielo descubierto. Allí nos atacaron por sorpresa y apenas pudimos ofrecer resistencia. Mis escoltas cayeron inconscientes y yo… yo ya me veía esclavizada para el resto de mi vida.

Fue allí, en ese momento, con ese tío de fuerza sobrehumana sonriendo frente a mí, yo apoyando la espalda contra unos escombros, herida en el brazo y con el terror en el cuerpo, cuando lo vi a él por primera vez.

Nunca dije que esta historia tratase sobre mí, una pobre chica de Extremadura tratando de sobrevivir en un mundo completamente roto. En realidad trata sobre él. Muchos le conocen como el Bebedor, entre algún que otro sobre nombre más. Sin embargo, aquellos que llegamos a conocerle mejor, quienes llegamos a saber su secreto, le llamamos el Alquimista.

—Eh, tú —dijo situándose a la espalda del esclavista con una petaca de cristal verde y tapón de palta en la mano. — ¿Te podrías largar de aquí y dejarles en paz?

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