La librería.

By Rosa Marina González Quevedo.

He llegado al hotel hace una hora. Me he dado una ducha caliente y he salido a dar una vuelta por los alrededores. A pocos metros, una librería, pequeña, de esas de barrio. Abro la puerta y una campanita suena. Desde el interior, sale un señor canoso que aparenta tener unos sesenta años.

— ¿Desea usted algo?

—Sí, una novela, La prolongación de la primavera, de R.H.W.

—Lo siento, no la tenemos en estos momentos. Hay que pedirla. Regrese mañana y aquí estará.

Salgo a la calle. Continúo andando. No muy lejos, encuentro un bar en el que sacio mi apetito de chocolate con churros. Regreso a mi habitación, me acuesto… Y no sé cuándo me he quedado dormido porque así, sin darme cuenta, ya es mañana; es decir, hoy.

Son las diez. Me levanto, me ducho, desayuno —en esta ocasión, en la cafetería del hotel—. Y vuelvo a la librería.  Desde la acera, noto que la luz está encendida. Abro la puerta. Repica nuevamente la armoniosa campanita y sale un hombre del interior. Pero no es el mismo librero del día anterior: este es mucho más joven y lleva gafas.

— ¿Dígame?

—He venido ayer a por un libro, La prolongación de la primavera, de R.H.W. El señor que me atendió me dijo que…

—Mi padre. Está muerto.

Me quedo sin saber qué decir de momento.

— ¡Oh, lo siento! —Exclamo sin reprimir mi asombro—. Ayer parecía que gozaba de buena salud…

—Está muerto —repite el joven—. Y su libro no ha llegado aún —añade fríamente—. Vuelva mañana.

Y entra de nuevo a la trastienda.

Salgo a la calle, no niego que sobrecogido. Aquí la gente se muere así, de un día para otro. ¿Y por qué no?, yo mismo me respondo. Y sigo andando. Apenas he desayunado, es muy temprano para comer, pero siento un hambre voraz. Hoy, nada de chocolate y churros; estoy a nivel de un filete con patatas fritas… Y entro en el mismo bar de ayer. Luego, me voy a hacer un recorrido por el centro de la ciudad. Camino sin rumbo fijo, ora entrando en alguna tienda, ora sentándome en un parque a contemplar las palomas. El día pasa a todo tren… Y de repente, es ya de noche.

Regreso a mi hotel. Enciendo la tele y me dispongo a ver una película. Pero estoy muy cansado. Me echo en la cama y me duermo profundamente… hasta el amanecer, pues al abrir los ojos me percato de que ya es mañana; es decir, hoy.

Salgo a la calle. Una niebla espesa lo cubre todo. La gente va y viene, cada quien a lo suyo. Y yo, a lo mío: recoger el libro. Tal vez sea temprano aún (son las ocho y media) y la librería esté cerrada. Pero no. Al asomarme, veo la luz encendida y entro. Suena la campanita…

— ¿En qué puedo servirle?

Ahora se trata de una señora anciana.

—Vamos a ver —le explico, no niego que con inquietud—, hace dos días encargué una novela, La prolongación de la primavera, de R.H.W. Ayer, cuando vine a por ella, un joven me atendió y me dijo que…

—Mi nieto. Está muerto.

Al escucharla, se me ha puesto la carne de gallina. No encuentro frases, ni siquiera una palabra que me ayude a expresar mi total desasosiego.

— ¿Muerto? —pregunto balbuceante.

La mujer me está observando y sonríe. Su sonrisa me hace evocar la de una hiena antes de emitir su aterrador aullido.

—Sí, muerto. Y usted también, a ver si termina de enterarse de una puta vez.

Y me entrega el libro, que se hace polvo entre mis manos.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Silvia dice:

    Simplemente genial 🙂

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    1. amarseas dice:

      Hola. Muchas gracias. Un saludo. Marcela.

      Le gusta a 1 persona

    2. amarseas dice:

      Gracias por Seguirnos. M.

      Le gusta a 1 persona

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