La paradoja de la pogonofobia. By Noemi Montañez.

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Fuente: https://pin.it/2kWmGCR

Como cada día desde los últimos diez años, desde que tomara el relevo de su padre en la barbería “Cuidado piloso”. Facundo, llegó una hora antes de la apertura para repasar la limpieza de cierre y desinfectar todo el instrumental. Desde la sección de metales como él llamaba: navajas, cuchillas, máquinas de corte. Y la sección estética: Peines, cepillos y brochas.

         Su liturgia diaria inicial acaba revisando con una jarra de café americano recién hecho alguna revista profesional. Le asombraba, cada vez, cómo había cambiado su oficio, cómo se había ampliado la estética “barbil”, la perilla, la barba balbo, vikinga, hípster, barbacando, barba chevron, full bear, etc…

         Esa mañana había llegado con antelación, porque llegaba un pedido de una nueva línea de productos de bálsamo y loción, de esos que se estilan tanto ahora, ecológicos de elaboración a partir de plantas. Todavía no entendía por qué se había dejado convencer por el comercial, él era un clásico para todo: clásico en oficio (de esos de toda la vida), en estilo (portaba una barba tradicional milimétricamente recortada) y clásico sus costumbres (horarios matemáticos y vida escrupulosamente cortada).

         Abrió el paquete, desocupó los envases y le llamó la atención una caja de madera que había al fondo. Abrió, y contenía un frasco etiquetado que decía “loción final”.

         Decidió hacer una prueba él mismo, antes de utilizar la nueva línea con los clientes. Comenzó el ceremonial y al acabar el rasurado y, se aplicó con generosidad, la curiosa “loción final”.

         Al día siguiente, con el primer cliente, navaja en mano, empezó a sentir un malestar general que le recorría todo el cuerpo y sin querer se llevó por delante la mitad de la barba de usuario. Se disculpó, pero la cosa no tenia remedio y tuvo que afeitar toda la barba. Esto se repitió con los siguientes clientes de todo el día Y de igual forma el resto de la semana. Entretanto no podía dejar de aplicarse la loción final cada día. Y ello le avocó a una pogonofobia grave y crónica.

         Tras tres semanas de rapados sin piedad, ante la imposibilidad de no llevarse por delante. Toda barba que se sentaba en su sillón, no tuvo más remedio que cambiar su línea de negocio. La barbería dejó de serlo y se convirtió en un local de ambiente gótico de servicio instantáneo de rasurado y rapado rebautizada “Ni un pelo de tonto”. Nunca más salió una barba de allí ni siquiera la del propio Facundo.

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