Golpe de suerte by Carlos Campelo

Imagen tomada de Pixabay

Sonó la alarma del teléfono por sexta vez (la posponía continuamente, de cinco en cinco minutos), se revolvió en el sofá y miró al techo con los ojos nublados y el cerebro ofuscado. Apagó la alarma, resopló, refunfuñó y se dijo a sí mismo, que, quizá, tan solo quizá, debiera levantarse, dejar de ser marmota y comenzar a ser persona.

La abulia se apoderaba de él con una facilidad pasmosa, no había una motivación clara para sus actos; el automático comenzó a funcionar, se levantó, café, cigarro y música. Comenzó a recoger un poco la casa, tampoco mucho, no se esperaban visitas.

Después del segundo cigarro, y del segundo café negro y denso, miro a las paredes que le rodeaban y, entre el humo de su cabeza, surgió la habitual pregunta: ¿y ahora qué? Sopesó varias opciones y escogió la más cómoda; en un bar cercano tocaba un cantautor local, lo desconocía, no sabe si es bueno o malo, pero estaría bien salir un rato, escuchar música, tomar una caña y si cuadra, charlar con alguien.

Era un día de invierno, de luminosidad reflejada en el gris de las nubes, ya hacía un rato que el sol había caído y las farolas ocupaban su lugar, deformando en sombras todo el camino.

Se vistió con parsimonia, sin prisa y cuando consideró que ya estaba decente, con un cigarro en la boca, las manos en el bolsillo y el cuello ligeramente inclinado hacia delante salió a la calle. Estaba delimitada en sus dos aceras por aligustres que le acompañaban en sus rutinas, solía mirarlos como diciéndoles: “vosotros tampoco estáis cómodos aquí, constreñidos en vuestras raíces”.

Lanzó el pie derecho en un intento de caminar y, con un pequeño tambaleo lateral, comenzó a andar hacia el bar anejo de un hotel. Se situó delante de la puerta de cristal, automática, esperando que se abriese, cruzó el umbral y se adentró en el local, polígono irregular de seis caras, dos grandes columnas centrales separan el ambiente de barra de otro más recogido donde tendría lugar el concierto, luminosidad tenue, de luces tímidas, como que no quieren enseñar.

No había nadie, eran las ocho y media, hora supuesta para el comienzo y sólo estaban dos guitarras sobre un sillón, un micrófono preguntando quién habla y la camarera del bar. Se había adelantado una hora. Esperaría. No tenía nada mejor que hacer. Pidió una cerveza y comenzó a dejar vagar su mente, de forma inconexa, volando sin más.

— ¡Hola!

— ¡Hola!

— Te he mirado a los ojos, se quién eres.

— ¡Ahh!, pues ya sabes más que yo.

— Sí, estás aquí, solo, buscando entretener el tiempo, sin objetivo concreto, sin perspectiva de futuro, sin corazón, sin conocimiento.

— Puede ser, no te diría que no.

El personaje en cuestión vestía sudadera azul raída, pantalón de chándal gris, deportivas de colores chillones y zamarra de tres cuartos verde, el pelo corto y la barba sin afeitar, sobre un metro setenta y cinco centímetros de alto y tirando a delgado, unos sesenta y siete kilos. Lo observo durante un rato y me dijo para dentro (bueno, la charla, aunque sea de locos, no deja de ser charla).

— ¿Has venido a ver el concierto?

— No, estoy alojado en el hotel y, ahora mismo, esperando que llegue una pizza que he encargado para cenar.

— Bien, yo he venido a ver el concierto.

— Sabes que he estado a punto de morir.

— Evidentemente no.

— Sí, tuve un accidente de coche que me provocó un coágulo cerebral, me dieron un año de vida, pero finalmente se reabsorbió y salí adelante.

— Me alegro, ahora a disfrutar de la vida, con cuidado.

— Ya disfruto de la vida, me tocó la lotería, un millón y medio y soy traficante de coca. Tengo el mejor material que puedas encontrar en 500 kilómetros a la redonda.

— En un tiempo tonteé con esa sustancia.

— ¿Quieres un poco?

— No te puedo pagar.

— Te lo regalo.

— Siendo así, bueno.

Se aleja hacia el baño. Trascurridos, unos tres minutos, regresa, estira la mano y le pasa el equivalente a gramo y medio de roca.

— Gracias

— Ya verás que buena está. ¿No piensas probarla?.

— Ahora. (Se va al baño, se mete una raya, no muy grande, no pica, no huele raro, está buena).

— Sí, está buena.

— Bueno, ya está aquí la pizza, me voy a la habitación a cenar. Pásate mañana por la tarde, charlamos un rato y te doy mi teléfono, habitación 602.

— Vale, mañana me paso, sobre las seis de la tarde.

Comenzó el concierto, escuchó poco atento las canciones, saludó a algún conocido de otro espacio y otro tiempo, no tenía ganas de charlar, la conversación con el desconocido le había alterado lo suficiente como para integrarse en sus pensamientos y revolverle las tripas. Se metió otro par de rayas, se tomó otro par de cervezas y decidió salir a pasear hasta un puente cercano de piedras antiguas. Llegó a este, observó el río; le gusta observar los ríos, son seres vivos silenciosos, siempre iguales y siempre distintos, dadores de vida y de muerte. Cuando comenzó a notar el frío en los huesos, decidió escurrirse entre las sombras hasta casa.

Abrió la puerta y entró, sin prisa, como siempre; se desnudó y se dirigió a la cocina para fumar, coger una cerveza y hacerse otra raya. Puso, en el reproductor de música, a Pink Floyd, lo primero que suena “goodbye blue sky”. Muy apropiada piensa, días grises, para vidas grises, en existencias negras.

Se tumba en el sofá y se dedica al onanismo de perderse inventándose la felicidad. Se duerme.

Le despierta un rayo de sol que se cuela por la ventana, abre los ojos y vuelve a su mundo gris; alrededor, latas de cerveza, colillas, restos de cocaína; orgía individualista, el sumun de nuestra sociedad, podría sonreír, si no fuese que no le gustaba su vida.

Arrastra su cuerpo hasta la cocina para desayunar, mira la hora y descubre que son las cuatro de la tarde. Hora de comer, no ha comprado nada y echa mano de lo habitual, arroz con tomate y nada más, para sobrevivir, para aguantar.

Mientras cocina comienza a evaluar la noche anterior, recuerda al desconocido, su regalo, su locura, igual a la propia, que hoy quedó con él. No sabe qué hacer, si acercarse al hotel o no, si perderse del todo o salvar aún lo poco que le queda de dignidad. Concluye diciendo que la dignidad hace mucho que la perdió y que ya no puede perder nada más. Así que, come, recoge todo y se dirige al baño para adecentarse lo suficiente como para parecer una persona normal.

Llega a la recepción del hotel, se acerca al ascensor, pulsa el 6, asciende y sale buscando la 602. Llama, escucha cierto movimiento acelerado tras la puerta.

— ¿Quién es?

— Soy yo, nos conocimos ayer noche en el bar.

— Un segundo.

Se abre la puerta, se interna en una habitación oscura y desordenada.

— ¿Por qué tienes las cortinas echadas?

— No quiero que me vigilen, sé que me siguen. Toma, métete una raya. Voy a llamar a unas putas y nos montamos una fiesta.

— Te recuerdo que no tengo un duro.

— No importa, yo corro con todos los gastos.

Llegan las profesionales, dos mulatas de formas redondas (150 € la hora), jóvenes, no más de 25 años y comienza la orgía de sexo, droga y nada de rock and roll. Durante dos horas fluyen los líquidos, la cocaína y la risa falseada. Acabada la faena, las profesionales recogen y se van, él paga con dos billetes de 500 y les deja la vuelta.

— Bueno, como puedes ver esta es mi vida, todo lo que está al alcance del dinero es mío.

— Una vida como otra.

— No, no es como otra, llevo diez años así; un efecto secundario de este estilo de vida es la desconfianza; no se pueden tener amigos de verdad, no se puede tener una pareja, no se puede tener hijos, no se puede tener amor, todo son imágenes irreales; estoy solo, completamente solo y cansado, muy cansado. En el primer año tuve que liquidar a mi mejor amigo por traicionarme, desde entonces no sé cuántos muertos llevo conmigo. Me gustaría proponerte un trato que nos puede beneficiar a ambos

— Cuenta.

— Es sencillo, tú me ayudas a morir y te dejo en herencia mi agenda (contiene los proveedores, los clientes y todo lo necesario para que continúes con el negocio). Podrás vivir todo el tiempo que desees como un millonario.

No lo pensó mucho.

— De acuerdo.

— ¡Bien!, ahora me tumbaré en la cama, cogeré la pistola, la acercaré a mi sien y pondré mi mano, tu pondrás la tuya sobre la mía y apretarás. Lo has entendido.

— Sí.

Apretó, sonó un pequeño golpe seco (tenía silenciador), los sesos se desparramaron por la almohada, la sangre cubrió el resto.

A la mañana siguiente comenzaron a sonar los teléfonos, la presentación era: “soy el heredero, a partir de ahora si desean algo tratarán conmigo”.

C

Carlos Campelo García, nació hace cincuenta y tres años en Benavides de Órbigo, un bello pueblo de la provincia de León (España).

Cursó sus primeros estudios en el colegio de dicho pueblo, los continuó en el colegio de Padres Dominicos de la Virgen del Camino y finalizó el bachillerato en el instituto de Veguellina de Órbigo. Estudió lo que hoy sería el Grado en Historia en la Universidad de León y actualmente está elaborando su tesis doctoral en esta misma Universidad.

Apasionado por la escritura, ha colaborado como autor en las antologías «Historias para hacer historias» (Pi-ediciones, 2016) y «Artistas de León al rescate de Concha Espina» (Lobo sapiens, 2020). Es autor de «Solo un nombre» (Lobo Sapiens, 2019). Participa activamente de los acontecimientos culturales y literarios de la ciudad de León, muy especialmente como asiduo colaborar con «Cuento Cuentos Contigo», evento mensual dedicado a la narrativa.

Ha trabajado desde los veinticinco años como administrativo hasta la actualidad.

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