Entre la hojarasca by Mercedes G. Rojo

Imagen tomada de Pixabay

Miró el reloj para comprobar que se le había parado. ¡Maldita sea! ¡Siempre se le acaba la pila cuando menos te lo esperas!-pensó. Echó de menos el viejo reloj de su padre, aquel que durante años le acompañó junto a la rutina de darle siempre cuerda en el mismo momento del día. Suspiró intentando hacer un cálculo aproximado del tiempo que habría transcurrido desde que cogió el coche a primera hora de la mañana. Pero el día lucía un gris demasiado monótono y espeso para averiguar a golpe de sol cuál sería la hora de este preciso momento.

            Por el espacio que había recorrido enlazando, uno tras otro, pueblos sin paradas por esas carreteras tantas veces transitadas, bien podrían haber transcurrido varias horas. Sin embargo, con los kilómetros sucediéndose a ritmo lento, aunque sin darle ninguna tregua al vehículo en su camino, le resultaba imposible calcular cuántas.  

            Conducir era para él la mejor terapia, la única que le ayudaba a evadirse de la realidad cuando todo a su alrededor  se le hacía ya demasiado insoportable. Como hoy. Así  que una vez más se había subido a su automóvil para dejarse perder por aquellas carreteras solitarias, esperando que con cada kilómetro recorrido se le fuesen aliviando las preocupaciones acumuladas.

            Tras los cristales del vehículo le envolvió un gris día de otoño. Así lo constataban los cenicientos y desnudos troncos de los árboles, la hojarasca que se arremolinaba a lo largo del camino, las hojas que el viento arrastraba de vez en cuando ante sus ojos deteniéndolas apenas un instante sobre el parabrisas delantero del coche. La luz se mantenía más o menos estable en el exterior, por lo que debían ser las horas centrales del día. Rodaba sin rumbo alguno, dejándose llevar por la inercia de su instinto, conduciendo casi de manera autómata, hasta que se percató de que el paisaje iba cambiando de forma sutil. Una chopera de troncos grises se extendía ante él y, al fondo, un viejo molino. El viejo molino de su infancia. Detuvo el coche a un lado del camino y se bajó de él, sintiendo un frío y húmedo viento sobre su rostro que le insufló aires vivificadores. Se embutió en el viejo tabardo de cuero que siempre llevaba en el maletero y se caló el sombrero. Sus pies tomaron luego el sendero que llevaba hacia la casa abriéndose paso sobre una alfombra de hojas secas que crujía bajo sus pisadas con sugerencias de pasado. A lo lejos, junto a la acequia, creyó oír risas infantiles. Se detuvo. Miró…, escuchó… Seguramente sus recuerdos se confundían con el rumor del viento entre las ramas así que siguió caminando en dirección al molino, despacio, respirando profundo mientras con los ojos cerrados se dejaba acariciar por la brisa del otoño, jugando como antaño a ver hasta donde conseguía avanzar a ciegas sin toparse con un árbol o salirse del camino. No aguantó mucho tiempo. Pensó que, la mayoría de las veces, la edad le hace a uno más cauto, más miedoso.

            El viejo edificio descansaba en aquel silencio otoñal como un convaleciente asustado por su dolencia. Desde la proximidad se le  veía muy deteriorado, abandonado. Las hierbas campando a sus anchas, sin cortar, todo alrededor; las puertas cerradas a cal y canto; llenos de polvo los grandes ventanales. Atisbó con la cabeza pegada al cristal por uno de ellos. Nada se veía dentro. Sintió nostalgia de aquellos tiempos de risas y juegos, correteando incansables entre los viejos árboles, enredando con el agua de la acequia. Ensimismado, sintió como un golpe de viento le arrebataba el sombrero, que rodó juguetón entre la hojarasca mientras él iniciaba una persecución infructuosa. Así se le fue un rato. Cada vez que estaba a punto de alcanzarlo una nueva ráfaga lo alejaba de nuevo de sus manos, trazando remolinos en el aire. Hasta que por fin se detuvo sobre un pequeño montículo de hojas. Recordando viejos tiempos se tiró en plancha sobre el mismo, alargando sus manos para que el sombrero no se le escapara una vez más. Y en vez del blando colchón de hojas que debiera recibirle sintió un golpe seco en el costado, contra algo duro. Su quejido se unió al sonido quejumbroso de otro envite de viento  que enredó aquella hojarasca en un remolino que la dispersó por los alrededores. Bajo su costado aún dolorido quedó al descubierto una vieja caja metálica, de esas que se usaban en las casas para guardar las cosas más preciadas.  Una capa de herrumbre y tierra seca indicaba que debió estar mucho tiempo enterrada bajo tierra. La cogió entre sus manos. La cerradura parecía estallada y ya no podía guardar tras ella sus tesoros. Levantó con cuidado la tapa. El interior aparecía lleno de hojas de tamaños diferentes que fue retirando una a una, hasta que al levantar la última de todas ellas se encontró con aquel viejo cromo guardado con mimo hacía ya tanto tiempo.

            Entonces como un relámpago atravesó por su mente el recuerdo de aquella tarde de invierno haciéndole compañía al señor Arcadio, el gerente del molino, frente a aquella inmensa y abierta caja de caudales donde iba depositando con cuidado legajos, libros y billetes. Cuando terminada la tarea cerró la caja, ante la mirada atónita del niño, abrió un cajón del escritorio y sacó de ella una pequeña caja de color rojo. La abrió y sacó de la misma una llave diminuta que le puso con mimo entre sus manos.

            ¡Toma! – le dijo – En esta caja puedes guardar tus tesoros más preciados.

            Y luego se recuerda llenándola día a día con esos pequeños objetos llenos de significado solo para él, guardianes de sus  momentos más especiales. Y aquella tarde en que se fue en busca de un futuro enterrando su tesoro al pie de un árbol. Luego llegó el olvido.

            Hasta hoy en que un golpe de viento, y de suerte, le ha devuelto aquel pasado, de repente la sonrisa de aquel niño y con ello la calma que salió a buscar hace unas horas. 

Mercedes G. Rojo

Mercedes G. Rojo. Escritora. León, España.

Colaboradora en distintos medios y revistas, actualmente lo hago periódicamente en La Nueva Crónica de León con semblanzas dedicadas a las  artistas leonesas, además de los artículos para Masticadores y otros medios, y la coordinación de MasticadoresFEM.

            En mi haber varios libros publicados de poesía y relatos como Días Impares, Pecado de omisión yDe lunas, mujeres y otras historias(un precioso trabajo coral junto a mis compañeras Rosa Marina González-Quevedo y Noemí Montañés), y otros que aguardan en el cajón el momento de ver la luz (o no). Cuento además con varios títulos orientados a propuestas intergeneracionales como  Vamos juntos a jugar o los tres títulos de la colección  Historias y leyendas del gato maragato (La leyenda del gato maragato, La historia secreta de Pedro Mato, capitán de los maragatos y Noche de Halloween, noche de difuntos ¡¡¡uuuyyy, qué miedo!!!); y he coordinado varios trabajos corales y/o antologías como homenaje a escritoras como Concha EspinaJosefina Aldecoa, Alfonsa de la Torre, Manuela López  o Felisa Rodríguez.

Algunos de los relatos que se incluirán en la sección de MMisterio han sido finalistas en importantes concursos del territorio nacional. Además de la pasión por escribir disfruto compartiendo literatura, ya sea propia o ajena, en encuentros con público lector de todo tipo en cualquier punto donde me requieran para ello, en especial en los más pequeños, porque la literatura en particular y la cultura en general ha de ser patrimonio de todo el mundo.

Podéis conocer más detalles de mis libros, artículos y trayectoria en general a través de mi blog Entrepaleras y encinas.

Mis redes:

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