El hijo del enterrador by Marta Redondo

Imagen tomada de Pinterest

Nunca reunimos   el valor suficiente para llegar hasta el fondo de la investigación.

Le veíamos hundirse en el abismo de las noches estivales, al fondo de las vías del tren.

Decían que iba a las huertas aledañas del río a robar pero no sé si alguien llegó jamás a corroborar tal sospecha. Los de mi pandilla y yo nos contentábamos con mirarle perderse a lo lejos donde solo destacaban los diminutos puntitos rojizos de luz que guardianes del peligro avisaban del inminente peligro de la aparición intempestiva de un mercancías nocturno.

Pero Elvis era así. El apodo se lo habían puesto porque llevaba un tupé como el del extinto rey del rock. A  aquel pobre diablo, cuyo nombre no recuerdo, le había caído el insoslayable apodo rural por aproximación lo cual era una  lotería para él mil veces preferible a cualquier posible alternativa  siendo como era el hijo del enterrador. Vete a saber: el gusanos, ataudín, chupamuertos o lindezas similares. Esos “sambenitos” rurales que se perpetúan generación tras generación.

Al pobre no le quedaba otra que redimir su imagen ya que para más calvario del desdichado, desde muy niño sufría de una pública incontinencia urinaria que teñía de dorado mortecino sus sábanas de noche. Su  madre, sin contemplaciones,  las tendía al viento público y notorio y  sin ningún pudor con la esperanza de que la vergüenza consiguiera que al niño se le pasase el trastorno. Craso error. A los veinte años las sábanas delatoras de los escapes nocturnos, y cada vez más teñidas de un pertinaz  amarillo, seguían mariposeando a los caprichos del viento delante de la fachada de la casa del enterrador. Quizá por eso   a Elvis  le gustaba perderse por caminos y veredas  como fuera.

De vez en cuando se presentaba en el río y entonces las madres agarraban a sus hijas muy fuerte de la mano. Dicen que era un tipo extraño y de mirada perturbada,   especialmente ante la presencia  femenina.

Recuerdo que un día llegó enfundado en sus ceñidos vaqueros de un azul desvaído como a corros y chaleco sobre torso desnudo y se derramó sobre el río completamente vestido.

 Su tupé flotaba yermo  sobre el río enredándose en los brillos iridiscentes que jugueteaban en la superficie mientras movía su pelvis con la sinuosidad de una culebra de agua.

A veces, cuando yo pasaba por delante de su casa, le veía subir la mirada encendida con el oscuro furor de un tórrido sol de junio.

El hijo del enterrador destilaba fuego por sus ojos.

Con el paso del tiempo le perdí la pista.

Nunca supe si siguió mojando las sábanas o paseándose por huertas ajenas o si continuaría mirando a las niñas en tirantes que paseaban por delante de la casa de su padre.

Hace poco me contaron que acaba de morir de cáncer de vejiga.

Quizá lo tuvo desde siempre y sus paseos nocturnos no fueran otra cosa que un intento de calmar su impaciencia en cualquier rincón.

Pero no pudimos llegar al final de la investigación.

Marta Redondo Álvarez. Licenciada en Derecho y Diplomada en Ciencias Religiosas. Casada y madre de 2 hijas de 16 y 20 años. He trabajado en la empresa privada  y luego he sido durante doce años profesora de Religión en Valladolid y León. 

En la actualidad profesora de Lengua y Literatura en Villalón de Campos. Mantengo un blog llamado «Desde mi ventana» desde 2009. Colaboradora en COPE León en el Programa «El espejo de la Iglesia».

Asimismo colaboro en «La Nueva Crónica»  donde escribo una columna de Opinión los sábados. He recibido premios  por un cuento de la Asociación de Naredo y por el concurso de microrrelatos en el  Ayuntamiento de La Vecilla. También he colaborado en la Antología de relatos «El manantial de las palabras» de autores leoneses publicado por la Nueva Crónica y la Universidad  de León.

Blog personal de la autora: http://marta-desdemiventana.blogs

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