El juglar (Cuarta Parte) by Jorge Daza

Imagen tomada de Pixabay

El ejercicio era simple en apariencia, pero extremadamente complejo en la práctica. Consistía en reunir y mantener los cuatro elementos en la palma de la mano con la misma intensidad y en armonía. Me dijo que debía mantenerlos girando sin tocarse y cuidar de que el centro del círculo permaneciese vacío. Yo lo consideré imposible. ¿Cómo iba a poder crear los cuatro elementos en mi mano con la diferencia que había en cuanto a la manipulación de cada uno? Y más difícil aún era retenerlos en un mismo lugar. Ante mi incredulidad reveló que el secreto para conseguirlo residía en el orden de creación. Primero el agua; suave y constante. Luego el aire; más fuerte y lineal. Le seguiría el fuego; ímpetu inicial y manutención como la del aire. Y finalmente la explosión de la tierra, alimentándola con impulsos violentos de maná. No hacía falta que fuese una gran cantidad de magia, pero sí que requería un equilibrio muy frágil. Si lo conseguía quedaría probado que yo tenía la posibilidad de ser un mago excepcional. Y más que eso, puesto que incluso los grandes maestros dominadores de los cuatro elementos eran incapaces de conseguir ese equilibrio.

Comencé el ejercicio de inmediato. Una pequeña esfera de agua giraba en la palma de mi mano describiendo un círculo concéntrico. Facilísimo. Luego tenía que sacar el aire. Siempre había sido especialmente torpe con él, y por supuesto aquella vez no fue una excepción. Los primeros días logré crear la esfera de viento, pero al mismo tiempo la de agua se venía abajo. En mi esfuerzo por crear el segundo elemento perdía la concentración del primero. Desesperante.

Pero lo conseguí. Logré crear las dos esferas al mismo tiempo tras mucho esfuerzo. Sin embargo el equilibrio entre los dos se desvanecía casi de inmediato, chocaban la una con la otra y el resultado obtenido consistía en una perfecta bolita de hielo. La primera vez que sostuve una de ellas en mi mano recobré la ilusión por completar el reto y me colmé de esperanzas. En cambio, cuando pasan las semanas y solo creas hielo y más hielo, acaba por desesperar. Practicaba en casa y llenaba el salón de canicas azuladas con las que Sune solía jugar. Pero mi tía me echaba al jardín porque estaba poniendo perdido el suelo de la casa. Bajo la higuera continué practicando y las esferas de helo rodaban por la hierba para amontonarse día tras día. Sune se aburrió de jugar siempre con lo mismo, y mi frustración no hacía más que acrecentarse. El patio también quedó repleto de frías bolitas. Mi tía me mandó entonces fuera de la finca, y mi tío le entregó un pequeño cubo a Sune para que lo llenase del hielo que yo fabricaba. Él lo usaba para mantener fresco el vino y los alimentos.

Seguí practicando en el prado. Sune venía, llenaba de mala gana el cubo con la montaña de hielo que formé y se lo llevaba a casa. Multitud de viajes al día, durante muchos días. Al final resultó que ella tenía más ganas que yo de que avanzara con el ejercicio.

Me costó muchísimo pero conseguí mantener los dos elementos en equilibrio. Sune aplaudió eufórica. Se acabaron los trasiegos con el cubo. Y yo me vi capaz de dar un paso más: incluir el fuego.

El resultado incluso fue peor que las molestas canicas. Con el fuego irrumpiendo descontroladamente el equilibrio se rompía, la bola de hielo se formaba y acto seguido estallaba en mil pedazos por la interacción con el fuego. Así que en vez de hielo perfectamente redondo obtenía explosiones de escarcha que me mojaban ligeramente. Al terminar el día regresaba a casa completamente empapado, como si me hubiese pasado horas bajo una tormenta.

Tras siete resfriados los tres elementos giraban en armonía sobre mi mano. Ni estallidos ni fríos pedruscos. Solo tres pequeñas esferas de agua, aire y fuego persiguiéndose mutuamente y a la misma velocidad por encima de mi piel. Sonreí satisfecho. Ya casi lo tenía.

Sin embargo la inclusión del cuarto elemento me llevó más tiempo del que imaginé. La gran cantidad de energía que requería para la formación de la tierra me obligaba sin quererlo a desmantelar los otros tres. Solo con el tiempo y uso diario de la magia mi capacidad de maná aumentó y pude crear la tierra sin perder el resto.

Habían pasado tres meses, mas los cuatro elementos giraban en mi mano con un perfecto equilibrio formando en su conjunto una preciosa esfera blanca.

Acudí corriendo a la vera de mi maestro. Me planté sonriente con las manos a la espalda y esperé a que levantara la vista curioso hacia mí. Luego extendí mi mano derecha y creé los elementos uno a uno con sumo cuidado hasta que la esfera blanca surgió iluminando el rostro de ambos. No pudo ocultar su asombro. Se quedó embobado mirando el hechizo como si algo completamente imposible se realizase delante de sus narices. Busqué su aprobación en forma de sonrisa en su rostro, sin embargo no la encontré. En su lugar hallé las huellas de una profunda tristeza, de un insoportable dolor. Bajó la cabeza y cerró suavemente mi mano disipando con ello el hechizo. Se levantó sin mediar palabra y se marchó, cabizbajo, pensativo y desolado. Su aflicción era tal que se extendió a mí. Me sentí culpable. Pensé que había hecho algo mal y con ello le había decepcionado profundamente.

Me equivoqué.

Dos días después él vino a mí con la misma expresión que le vi la última vez. Me pidió que le acompañase a dar un paseo, y pese a estar anocheciendo accedí. Por el camino habló de su maestro tratando de ocultar la melancolía que su recuerdo le producía. Dijo que fue él quien le enseñó a mi maestro el hechizo que acababa de aprender, pero que en realidad quien lo dominó por vez primera fue el maestro de mi maestro. Yo no entendía nada de lo que me decía. Solo imaginé que esa persona tenía que ser viejísima, porque mi maestro ya tenía bastantes años bajo mi punto de vista infantil.

– Escúchame bien – llamó mi atención -. Esto es muy importante. Presta atención y haz lo que te voy a decir. Lo primero es que no tengas miedo. No sufrirás daño alguno. Ten eso presente en todo momento. No lo olvides. Lo segundo es que te niegues una y otra vez. No cedas, pase lo que pase mantente firme, concentrado y niégate en rotundo. Y por último… Quizá sea la parte más difícil. Al final lo que tienes que hacer es tomar tu propia decisión.

Hice muchas preguntas que eludió con evasivas o simplemente dejó en el aire. Poco después llegamos al cementerio del pueblo. La verja hecha de maderas carcomidas siempre me había aterrado. Por eso jamás me había atrevido a entrar. Sin embargo miré a mi maestro y tuve presente la primera premisa. Fui valiente y entré con él.

Jorge Daza Martín

Jorge Daza Martín (Madrid, España)

Nacido en Madrid, en 1981. Técnico Microinformático de profesión. Ha trabajado en importantes empresas como Banco Popular, Banco Santander y Telefónica. Escribe por afición desde la adolescencia y publicó su primera novela, Ibero, comedia de acción y hombres lobo,en septiembre de 2018. Y la segunda, Sin Whisperers, inspirada en la Divina Comedia, en 2020. Ambas de fantasía paranormal, orientadas a un público joven y publicadas bajo el sello de la Editorial LXL. También ha colaborado en la antología benéfica Libertad de la misma editorial con el relato corto de corte futurista llamado Alma.

Aunque las  dos novelas que han visto la luz son para jóvenes adultos, el autor también explora otros géneros como la fantasía, el suspense y la ciencia ficción, teniendo en todas ellas un estilo particularmente visual y centrado en unos personajes bastante humanizados y cercanos.

Actualmente compagina su trabajo escribiendo novelas de diversas temáticas y experimentando con guiones de televisión.

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