Lluvia en Florencia by Mercedes G. Rojo

Imagen tomada de Pixabay

Llueve sobre la ciudad italiana de Florencia. Vera observa caer el agua mansamente, como corresponde a una tarde de primavera. Desde la habitación de su hotel ve llover sobre el río y la cortina de gotas de agua que se forma, mientras unas suben y otras bajan abrazándose en un cortejo de chapoteos.

Abre la ventana y percibe  el cambio de colores y de olores en la ciudad. Le  encantan todos esos cambios que la invitan siempre a pasear bajo la lluvia, allá donde esté, dejando que sus pasos la lleven de un lado a otro, por las calles que van quedando desiertas. También hoy.

Presiente Florencia especialmente bella bajo el manto de la lluvia mientras  la ciudad parece  vaciarse de repente de turistas. Solo  un escaso número de personas rompen el silencio acuoso en que queda inmersa. Vera no puede resistir la tentación. Pertrechada con una ligera gabardina y un sombrero se lanza hacia la calle mojada. Al atravesar el vestíbulo del hotel, un amable empleado le ofrece un paraguas. Lo  rechaza. Aún ignora que cuando llueve en Florencia el agua comienza cayendo mansa, pero puede prolongarse  durante horas, arreciando cada vez más fuerte. No le importa. Está deseando descubrir la ciudad bajo la perspectiva de la lluvia, su nueva plasticidad, otra belleza.

Deambula por las calles, atravesando puentes, visitando plazas con toda la parsimonia con la que impregna siempre  sus paseos bajo la lluvia.  Estornuda. El chaparrón es hoy demasiado frío y no va adecuadamente preparada. Tendrá que resguardarse o comprar un paraguas  si no quiere pillar un resfriado. Encamina sus pasos hacia el Mercado de la Paja decidida a hacerse con uno de esos bellos paraguas italianos que le recuerdan la Belle Époque, con su doble capa de tela, sus mangos repujados en plata con piedras incrustadas y ese  “cierto toque vintage”. Mas el mercado ya está cerrado. Desconcertada mira a un lado y otro buscando algún comercio en el que entrar para proveerse de dicho objeto. Pero no hay ninguno abierto. Plaza y calles parecen desiertas.  Solo alcanza a ver, bajo un soportal, a un niño  que se resguarda de la lluvia, como ella, mientras juega a pintar en las hojas de un cuaderno.  A  su lado, apoyado en una columna,  descansa un  blanco paraguas del que chorrea – hacia la calle – un fino y continuo hilo de agua.

Vera se acerca. El niño levanta la cabeza y la sonríe. Sobre el suelo ha ido extiendo sus dibujos llenos de vida y de colores brillantes. Imaginarios coches, aviones, vehículos que parecen más cohetes que otra cosa, y castillos por cuyas ventanas se vislumbra una luz radiante. Dibuja sin parar, frenéticamente, rellenando hojas y hojas del cuaderno que va extendiendo por el suelo, ajeno de nuevo a la presencia de la intrusa. Vera deja transcurrir el tiempo mientras sueña historias a través de aquellas imágenes infantiles.  Percibe  un cambio de luz en el ambiente. Consulta su reloj y comprueba que  la noche comienza a caer ya sobre la ciudad. Lleva  fuera mucho tiempo. Ha de volver al hotel donde la esperan. Pero en la calle arrecia cada vez más la lluvia y la temperatura ha descendido considerablemente. Mira una vez más el reloj con impaciencia. Asoma a la travesía buscando una solución, pero todo está cerrado. Tampoco  hay taxis a la vista.

Casi está decidida a echar a andar buscando el leve refugio que le proporcionan  los aleros de las casas cuando el niño abandona su tarea y se le acerca con su paraguas. El paraguas blanco que ya hace un rato que dejó de gotear. Se lo ofrece con un gesto farfullando en italiano una retahíla de palabras que no llega del todo a comprender, aunque si intuye el mensaje final. Vera lo mira confusa ante su actitud generosa  pero lo rechaza. El niño insiste. Finalmente acepta su gesto y le da un beso en la mejilla. Él sonríe y la empuja hacia la calle. Deteniéndose un momento en medio del asfalto, abre el paraguas. La  lluvia la sorprende cayendo a un tiempo fuera y dentro del mismo. Enormes goterones se cuelan por pequeños agujeros abiertos en la tela. Vera mira primero hacia arriba, estupefacta,  y luego hacia el chiquillo que la observa divertido e incrédulo  desde el soportal de la plaza. Cruzan sus miradas y ambos se echan a reír. Entonces el pequeño, con un brillo especial en los ojos,  le hace una seña para que se acerque. Con  el paraguas bien abierto, coge uno por uno sus dibujos y los va colocando sobre la tela tratando de  cubrir todos los agujeros. Vera lo observa mientras va pasando con mimo sus pequeñas manos sobre las hojas de papel, hasta dejarlas perfectamente adheridas a la tela con ayuda de la humedad que la  ha impregnado. Cuando termina su tarea, pone el paraguas nuevamente en manos de la joven y la empuja hacia la lluvia. Ella piensa que las hojas van a desprenderse de la tela y a destruir el trabajo que le ha ocupado al niño toda una tarde.  Se resiste. Y es el propio chiquillo quien sale al exterior de la plaza con el paraguas abierto, deteniéndose en mitad de la calzada mientras arrecia sobre él todo el chaparrón.  Por algún extraño motivo las hojas no se mueven de su sitio y el paraguas parece impermeabilizado totalmente.

Vera vuelve al hotel a salvo de la lluvia. Al día siguiente, con intención de devolver un objeto que no es suyo  y de dar las gracias al chiquillo, regresa al Mercado de la Paja esperando encontrarlo. Pero éste no aparece. Durante los días que aún permanece en Florencia, hace nuevos intentos a diferentes horas.  Deambula por las calles mientras observa los miles de paraguas que se exhiben en el mercado y en las tiendas. Sigue sin encontrar ni rastro del niño. Ni tampoco paraguas alguno que se asemeje al que ella lleva.

Al fin, terminado el tiempo de su viaje, Vera regresa a  su casa. Su mejor recuerdo,  el encuentro bajo la lluvia con aquel niño que le regaló un poquito de magia en su paraguas. Prueba  a hacer lo mismo con otros ejemplares suyos que han ido quedando  inutilizados a medida que pequeños agujeros iban apareciendo en sus telas. Todo en vano.

Tras muchos y diversos ensayos Vera se convence que hay cosas que solo ocurren una vez en la vida, y magias que solo pueden realizar manos inocentes. Y si no fuese por el paraguas que preside orgulloso el paragüero de su casa a estas alturas pensaría que todo había sido un sueño. Un sueño  o una trastada de su imaginación siempre desbordante.

Mercedes G. Rojo

Mercedes G. Rojo. Escritora. León, España.

Colaboradora en distintos medios y revistas, actualmente lo hago periódicamente en La Nueva Crónica de León con semblanzas dedicadas a las  artistas leonesas, además de los artículos para Masticadores y otros medios, y la coordinación de MasticadoresFEM.

            En mi haber varios libros publicados de poesía y relatos como Días Impares, Pecado de omisión yDe lunas, mujeres y otras historias(un precioso trabajo coral junto a mis compañeras Rosa Marina González-Quevedo y Noemí Montañés), y otros que aguardan en el cajón el momento de ver la luz (o no). Cuento además con varios títulos orientados a propuestas intergeneracionales como  Vamos juntos a jugar o los tres títulos de la colección  Historias y leyendas del gato maragato (La leyenda del gato maragato, La historia secreta de Pedro Mato, capitán de los maragatos y Noche de Halloween, noche de difuntos ¡¡¡uuuyyy, qué miedo!!!); y he coordinado varios trabajos corales y/o antologías como homenaje a escritoras como Concha EspinaJosefina Aldecoa, Alfonsa de la Torre, Manuela López  o Felisa Rodríguez.

Algunos de los relatos que se incluirán en la sección de MMisterio han sido finalistas en importantes concursos del territorio nacional. Además de la pasión por escribir disfruto compartiendo literatura, ya sea propia o ajena, en encuentros con público lector de todo tipo en cualquier punto donde me requieran para ello, en especial en los más pequeños, porque la literatura en particular y la cultura en general ha de ser patrimonio de todo el mundo.

Podéis conocer más detalles de mis libros, artículos y trayectoria en general a través de mi blog Entrepaleras y encinas.

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