EL SALTO DEL ÁNGEL by Mercedes G. Rojo

Imagen tomada de Pinterest

Despertó sobresaltado con un rumor de algaradas colándose por la ventana entreabierta sobre el canal. Una tenue luz con color de primavera se filtraba entre los visillos proyectando sobre el suelo la sombra ojival de la ventana que dotaba  la estancia de una atmósfera de épocas pasadas. Sobre un baúl, a los pies de la cama adoselada, descansa esa “maschera nobile” que tanto le gusta. Y sobre el alto galán un ampuloso traje de época se mira al espejo coronado por una hermosa y dorada máscara que parecen contemplarlo desde su plateada superficie.

Como un auténtico don Juan, llevaba rondándola varias semanas, aunque ella, una belleza morena de cándidos y profundos ojos y amplia sonrisa, se resistía a caer entre sus brazos como todas las demás. De nada le habían servido todas sus argucias, sus flores favoritas  depositadas en los lugares por los que pasaba, hacerse el encontradizo en los lugares que ella frecuentaba,… Los múltiples ruegos para que le concediese una cita, solo una, para demostrarle que sus intenciones eran buenas,  que no pretendía hacer de ella uno más de sus trofeos amorosos, se estrellaban siempre contra un muro de indiferencia. Helena seguía día tras día insensible a sus encantos, los mismos que traían suspirando por los rincones a la mayoría de jóvenes de su entorno, incluso a otras no tan jóvenes. Muchas de ellas habían sucumbido a sus requiebros para ser  sustituidas y olvidadas rápidamente. Otras tenían la esperanza de captar algún día su atención y ser por fin las elegidas. Así que muchas la miraban con cierta inquina, sabedoras de que ahora, Helena, era el único objeto de sus anhelos, sin poder comprender la frialdad con que recibía y despreciaba esos requiebros por los que ellas hubieran dado media vida. La joven, entre envidias femeninas y súplicas de un enamorado indeseado, solo intentaba que la dejasen vivir tranquila y pasar desapercibida para todos. Pero cuanto más se negaba a las insistentes súplicas, llegando incluso a convertir sus negativas en crueles desprecios, más insistía  Pedro en su afán de conquistarla. Hasta que al fin logró quebrar su paciencia. Eso sí,  bajo condiciones muy severas.

  • Si de verdad quieres tener una oportunidad conmigo, nos encontraremos en Venecia el primer domingo del próximo Carnaval. Luego, ya veremos.  

Pedro sintió que un abismo de felicidad se abría bajo sus pies y, si Helena se lo hubiera permitido, allí mismo la hubiera fundido entre sus brazos para comérsela a besos. Pero tuvo que conformarse con concretar los detalles para aquella primera y extraña cita que estaba dispuesto a convertir en el inicio de un idilio largo y duradero. Don Juan ya no era don Juan, sino un Casanova dispuesto a compartir con su amada todo su mundo, a sufrir por amor lo que fuera preciso.

Habrían de encontrarse junto al campanario del Palacio Ducal, a la hora en que se produce el vuelo del ángel. Se esperarían cubiertos ambos por una sencilla “maschera nobile”, la de careta blanca y ropaje oscuro con sombrero de tres puntas, bajo la que pasarían mas fácilmente desapercibidos. Pedro vio en ese detalle todo un augurio de buenos presagios pues, de entre todos, siempre había sentido una especial debilidad por este carnavalesco traje veneciano. El mas antiguo, el más sencillo. Para que pudiera reconocerla,  ella llevaría colgado al cuello un gran dije de turquesa con forma de estrella montada en plata. Imposible no localizarla si estaba atento. Eso sí, mientras llegaba aquel momento, habría de prometer que la dejaría respirar, que no volvería a rondarla ni a insistir en forma alguna con sus pretensiones. Debió de ser la emoción de sentir que podía tener alguna posibilidad con aquella cita lo que hizo que Pedro no pensase en lo absurdo de la misma y la aceptó sin más, loco de alegría.

Aunque aún faltaban varias semanas para carnaval  no era mucho el tiempo para disponer un viaje en el que sin duda habrían de írsele todos sus ahorros.  Y aunque en algún momento se le pasó por la cabeza que pudiera ser una estrategia de Helena para quitárselo de encima junto a  la posibilidad de que la joven no tuviera intención alguna de aparecer, se agarró como un clavo ardiendo a este leve rayo de esperanza.   Desde luego él no estaba dispuesto a faltar a una  cita que le había costado tanto esfuerzo arrancarle. Así que se puso manos a la obra.

A través de un amigo de un amigo de un amigo, consiguió hacerse con un pasaje relativamente barato, dadas las fechas. Aún más, localizó también un alojamiento en un lugar privilegiado de la ciudad, con unas buenas vistas a uno de los canales. Incluso consiguió que pusieran a su disposición un par de trajes de carnaval, uno de ellos el elegido por Helena para el encuentro.

Y aquí está hoy, a dos días de la cita con su amada, casi sin poder creerse la aventura en la que se ha metido y, desde luego, sin prever, ni de lejos, el resultado de la misma. Le revolotean miles de mariposillas en el estómago y un nudo le aprieta la garganta. Teme que se le hagan eternas las horas de espera, así que decide vestir la barroca máscara que le contempla desde el espejo y sumergirse en las calles y canales de Venecia como si fuera un auténtico veneciano más en vez de un joven desesperado, impaciente por conquistar los favores de su amada. Pasa el tiempo que le queda recorriendo la ciudad por calles y canales, mezclándose con la bulliciosa multitud, dejándose retratar por los turistas que admiran el hermoso traje que lleva puesto, comiendo “fritellas” como marca la tradición. Los momentos que se toma para el descanso le producen más desazón que otra cosa y se debate en inquietos sueños llenos de pesadillas y sudores.

Cuando por fin llega ese primer domingo de Carnaval  escogido por Helena para su cita, Pedro sustituye la máscara barroca por la masquera nobile y apenas se entretiene en picar algo antes de salir corriendo al esperado encuentro con su amada. La plaza de San Marcos está ya abarrotada de gente que se ha congregado en ella para darle, un año más,  la llegada oficial al carnaval. Aunque son mayoría los vistosos trajes heredados del barroco, también son muchas las masqueras nobiles que se encuentra en el entorno. Se desespera. No será fácil localizar a Helena entre tal bullicio de gente. Con gran esfuerzo se abre camino hacia la zona del Campanile, lugar de la cita. Se acerca la hora y teme que si no consigue localizarla a tiempo Helena se escape para siempre de su vida. De pronto un murmullo de asombro se extiende entre el gentío. Todos parecen mirar hacia arriba, en dirección a lo más alto de la torre. Sobre la cornisa, una figura se prepara para el salto. No lleva el rostro destapado, como otros años. No luce hermoso traje. No se sabe si es hombre o mujer cubierto como está su cuerpo con una máscara blanca y oscuros y ampulosos ropajes coronados con sombrero de tres picos.

A Pedro le da un vuelco el corazón. Cuando el “ángel” inicia el vuelo de su pecho se ve colgar un gran dije de turquesa y plata con forma de estrella. Un sudor frío le sube por la espalda cuando la plaza entera estalla, como una sola voz, en un grito. A pocos metros del campanario la figura del ángel ha detenido su descenso, enredados los cables en el ropaje que lo envuelven mientras forcejea por soltarse.  Suena un disparo. El cuerpo del ángel cuelga ahora inerte, un hilo de sangre escapando hacia la plaza donde un revuelo de máscaras y de gritos convierte la multitud en estampida. Pedro sigue quieto, ajeno a golpes y empujones, su mirada atrapada en el dije con forma de estrella que cuelga como un péndulo bajo aquel pecho tan ansiado. El sudor se ha extendido al resto de su cuerpo y le falta el habla. Está demasiado afectado para poder gritar  y siente como una fuerza invisible le mantiene anclado al suelo. Le falta el aire. Se quita la máscara y se desvanece inconsciente en medio del bullicio de la plaza.

Han pasado horas, tal vez días. El joven abre los ojos en medio de una habitación con aspecto de hospital. Un pequeño bouquet de rosas color champagne descansa en un tarro sobre una de las mesillas que flanquean la cama. Deja vagar su mirada perdida por la estancia, observándolo todo, sin reconocer nada. Acaba deteniéndose en la otra mesilla donde, sobre una pequeña bandeja, reposa… ¡un dije de turquesa y plata en forma de estrella ¡una de sus puntas quebrada! Fija sus ojos asombrados en la joya mientras intenta ver la luz entre la nebulosa que ocupa su mente y sus recuerdos cuando un  incómodo pinchazo en la palma de su mano le interrumpe en el esfuerzo. Y se queda aún más perplejo ante la  marca que ésta luce. La misma silueta de esa joya que contempla aparece en ella como si de la huella  grabada con un hierro candente se tratara. Una voz de mujer interrumpe su ensimismamiento

  • Nos costó un trabajo infinito abrirle la mano para conseguir que soltara la joya – farfulla.

Vuelve hacia ella, sorprendido, la mirada.

  • ¿Helena?  – pregunta asustado. Y una voz suave y fresca, con marcado acento italiano,  le contesta esbozando una cálida sonrisa mientras se acerca a refrescarle la perlada frente
  • Lo siento, mi nombre no es Helena sino Beatrice.

Mercedes G. Rojo. Escritora. León, España.

Colaboradora en distintos medios y revistas, actualmente lo hago periódicamente en La Nueva Crónica de León con semblanzas dedicadas a las  artistas leonesas, además de los artículos para Masticadores y otros medios, y la coordinación de MasticadoresFEM.

            En mi haber varios libros publicados de poesía y relatos como Días Impares, Pecado de omisión yDe lunas, mujeres y otras historias(un precioso trabajo coral junto a mis compañeras Rosa Marina González-Quevedo y Noemí Montañés), y otros que aguardan en el cajón el momento de ver la luz (o no). Cuento además con varios títulos orientados a propuestas intergeneracionales como  Vamos juntos a jugar o los tres títulos de la colección  Historias y leyendas del gato maragato (La leyenda del gato maragato, La historia secreta de Pedro Mato, capitán de los maragatos y Noche de Halloween, noche de difuntos ¡¡¡uuuyyy, qué miedo!!!); y he coordinado varios trabajos corales y/o antologías como homenaje a escritoras como Concha EspinaJosefina AldecoaAlfonsa de la TorreManuela López  o Felisa Rodríguez.

Algunos de los relatos que se incluirán en la sección de MMisterio han sido finalistas en importantes concursos del territorio nacional. Además de la pasión por escribir disfruto compartiendo literatura, ya sea propia o ajena, en encuentros con público lector de todo tipo en cualquier punto donde me requieran para ello, en especial en los más pequeños, porque la literatura en particular y la cultura en general ha de ser patrimonio de todo el mundo.

Podéis conocer más detalles de mis libros, artículos y trayectoria en general a través de mi blog Entrepaleras y encinas.

Mis redes: 

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