LA HILANDERA by María Dolores Martinez Lombó

Imagen tomada de Pinterest

El día había amanecido plomizo y un  tanto incierto. El ambiente parecía asentado sobre una calma muy sospechosa. Las hojas de los inquietos y verdes humeros lucían estáticas y totalmente paralizadas. Se presentía una sensación de que algo insólito iba a ocurrir. No tardó mucho en manifestarse. 

Allá entre las viñas y la Matajana aparece una especie de gran tornado de polvo y aire, y en medido del torbellino se distingue el movimiento giratorio  de una enorme figura humana.

Ahora, de repente todo toma movimiento plantas, arboledas, pájaros… los perros, como si nunca lo hubieran hecho, ladran y se mueven sin parar…

La gran losa que cubría la antiquísima cueva de Dundún había dejado al descubierto el habitáculo de un  gigantesco ser viviente con apariencia de mujer. 

La polvareda se iba disipando, corría ya una brisa fresca y nítida pero eso no parecía importar,  todas las miradas se centraban en aquella voluminosa mujerona; eso sí,   la observaban desde bien lejos, más les valía no acercarse demasiado pues la potencia de su pisar era similar a un movimiento sísmico, podía hacerte volar por los aires o arrojarte al fondo de la tremenda   sima que dejaba la huella de sus inmensos pies.            

  Seguía la enorme mujer, decidida, pisando  los caminos de tierra, en ellos iba describiendo  una concreta trayectoria. Caminaba desde el pedregoso monte en dirección al verde y paciente souto.

No le importaba que multitud de miradas observara, casi a escondidas, sus movimientos con el fin de descubrir en ellos la idea que llevaba grabada entre ceja y ceja, casi descrita en su rostro como un plan obsesivo a realizar lo antes posible.

Vestía una interminable saya negra, una camisa de lino blanco con bordados en el cuello y los puños, encima llevaba un enorme justillo adamascado en oscuros, en la cabeza un enorme pañolón negro de varios metros cuadrados correctamente anudado en lo más alto de la crisma. Bajo la saya se intuían unas robustas piernas recubiertas por medias de hilo tejidas en crudo. Pero lo que  especialmente llamaba la atención era  la desorbitada  dimensión de sus pies calzados en unas anchas e interminables galochas labradas.  La explanada de su pecho se adornaba con una rueca y un huso a  modo de collarada.

 En cuatro zancadas se  adentró en el souto. Miraba, remiraba, examinaba el terrero, escarbaba la tierra. Iba a ser allí…en el paraje de la Riguerada… descalza, metió sus manos en las galochas labradas y como poseída empezó a arañar con fuerza la tierra.

 En un día hizo un largo e interminable surco, pasó un día, otro y otro… aquel surco original fue convirtiéndose en un amplio y profundo cauce tan sólo con las manos que calzaron las galochas de la mujer hilandera la habitaba la mítica cueva de Dundún.

 Pronto brotaron las aguas en el cauce de la Zague,  pronto el molino movió el rodezno, la semilla del lino prendió y  florecieron los linares azules… y a la entrada del soto los rebaños se desvestían y en el pisón se lavaba su lana.

De tiempo en tiempo la encauzadora hilandera, mueve la piedra que oculta su cueva para acercarse  al molino. Ahora sólo vigila la hilada y a la vez se adormece al son del cantar del agua. Al amanecer desaparece.      

MARÍA DOLORES MARTINEZ LOMBÓ

Castrillo de las Piedras (León), 1959.

Licenciada en Filología Hispánica (Universidad de León, 1982).

Vine al mundo en verano, en un molino de aceite de linaza a la orilla del río Tuerto. Me gusta escribir y esta acción siempre ha estado vinculada con mis estudios y posteriormente con el trabajo que desarrollo.

Escribo, desde el corazón y desde la memoria, relatos con los que pretendo trasmitir recuerdos, vivencias y emociones. Aún inéditos, recopilo como un tesoro todas las narraciones que escribo a propósito de mis intervenciones en el Recorrido Romántico, en las Rondas de Filandones y de otros eventos culturales en los que participo.

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