MI MUÑECA by Marta REDONDO

Imagen tomada de Pinterest

Cuento ganador del IV Concurso de Literatura y poesía de la Asociación Cultural de Naredo de Fenar. Ayuntamiento de Matallana de Torío.

¡Pero por qué no la dejan en paz!

¡No es más que una chiquilla para la que no mira nadie!

¡Estos equipos directivos no saben imponerse de otra manera que a golpe de partes disciplinarios!

Mientras, a través de la abertura de su bolso, volví a ver a la pequeña muñeca rubia que  abría y cerraba los ojos al compás de airado vaivén de la profesora de lengua y literatura española.

Asiduamente, Tara y yo hacíamos un receso sacando un café de la máquina de la Sala de profesores. Aquella mañana mi compañera estaba especialmente enfadada por el rumor de la posible expulsión de Leyre, una alumna díscola siempre en líos. Esta vez decían que andaba complicada en  asuntos de trapicheo de drogas en el instituto.

.- Yo también era rebelde – empatizaba mi rubia colega – y era fácil de creer a juzgar por el tono de su protesta que delataba cierto carácter indómito.

.- Son los resabios de haber vivido casi toda mi vida en un agreste barrio londinense – se justificó Tara. Territorio del célebre destripador de Yorshire, Violeta. Lo cuenta el perspicaz Sherlock en una de sus inolvidables novelas.

.- Elemental querida Tara – bromeé – , a aquellas alturas de curso se agradecía cualquier gesto que aligerara el  ambiente de las aulas ya muy enrarecido por la convivencia que desgasta. Por cierto, -añadí extrañada- no acabo de  entender cómo con tales antecedentes en el idioma inglés te decantaras por enseñar los principios de la lengua de Cervantes.

.- Pues debe ser porque irme a vivir allí quizá no fuera la mejor idea. Y de pronto su voz sé ensombreció.  Bueno…vamos al pasillo antes de que toque el timbre ya sabes que luego hay quejas.

 Me dio la sensación de que mi pregunta había tocado un punto altamente sensible. Pero en eso Tara, a menudo, si exhibía cierta flema británica. No obstante aquella calurosa jornada percibí en ella deseos de confidencias.

Los lunes ambas compartíamos guardia a cuarta hora de la mañana por lo que recorríamos juntas el pasillo de primero de la ESO procurando calmar la horda de adolescentes primerizos que a tales alturas del curso, agotado el mes de junio, se habían tornado en hordas indomables. Nuestro trabajo era pacificarlos para que la clase del profesor siguiente no fuera una misión imposible.

.- Oye Tara tengo una curiosidad. Puedes no contestarme si quieres pero no puedo resistirme. ¿ Por que llevas una muñeca siempre dentro de tus bolsos?

Y entonces su tono de voz se tornó viajero.

Yo me crié en un pueblo de montaña. Situado en un valle recorrido por un riachuelo cuyas aguas caprichosas se vierten hacia el río Torío y el Bernesga.

Rodeado de pastizales donde por doquier las flores se disponen a su antojo pintando de arco-iris el paisaje.Vivía con la abuela Águeda en una modesta vivienda. Ella era una mujer dura y severa. A veces me pegaba con una vara de avellano.

.- ¡Niña del demonio! Siempre revolviendo. Tienes la cabeza a pájaros. Eres peor que una bestia. Si hasta el nombre tienes de demonio. Pero claro de  una madre loca no podía salir otra cosa. Tara. La llamaremos así por lo que el viento se llevó. A ella tenía que habérsela llevado Satán por arrastrar a mi hijo tan lejos dejándome aquí a esta inútil. Que anda siempre como una loca subiéndose a los árboles como los rapaces en busca de nidos. Santos Fabián y Sebastián ¿que voy a hacer con esta criatura?.

 La abuela siempre invocaba a estos santos porque según los más viejos del pueblo, en los años treinta, la casa en ruinas que la abuela heredó se había edificado sobre los restos de una ermita dedicada a estos mártires. En ella había criado a sus tres hijos huérfanos de un padre que se hizo al monte en tiempos de la guerra. Mi padre era el mayor. Cuando mi madre se lo llevó a Londres buscando un mejor futuro, él acababa de entrar a trabajar en la recién inaugurada Fábrica de cementos de la Robla huyendo del polvo negro de la mina que la Vasco, también dueña de la cementera, tenía en la Valcueva.

.- Eres un calco de tu madre. ¡Cómo  engatusó a mi Félix con su pelo rubio y aquellos ojitos estúpidos de muñequita! Una bruja es lo que era. Todo el día oyendo a aquellos melenudos con la oreja pegada en el transistor. Los “bitels”. Y “pallá” marcharon con ellos. A quien se le ocurre marcharse a un país donde nunca sale el sol. ¡Mira cómo me miras! Se nota que no te gusto nada pájara. Y era  entonces cuando la abuela entraba presurosa a la casa buscando aquella rama que cimbreaba al viento antes de impactar en mi piel.

Yo me escapaba corriendo al Castro. Mi refugio. Allí me sentía como una princesa de cuento. La maestra decía que en aquel lugar y en tiempos del rey Ordoño II se había edificado un castillo.  Solía ir con las ovejas del rebaño familiar porque su situación permitía  divisar todo el valle del Torío. Imaginaba tiempos en que los fenariegos habían sido visitados por tropas romanas cuyos caballos repostaban en ambos ríos. La maestra también decía que el rey Fernando I dotó a las tierras del estatuto de Fuero especial lo que trajo como consecuencia tener que rendir tributos a reyes y eclesiásticos. Todo ello hacía que mis sueños infantiles creyeran ser heredera de la sangre azul de antiguos pobladores. A veces, me acompañaba Enzo, un niño dos años mayor que yo que solía ser eco de las burlas en el colegio por ser distinto, lo que ahora llamamos un niño con necesidades educativas especiales. Tenía ojos negros de príncipe árabe. Como dicen los ingleses, los pájaros del mismo plumaje vuelan juntos.

Pero un día las cosas cambiaron. Recuerdo aquel amanecer gris plomizo. La abuela me levantó más pronto de lo habitual. Sin decir palabra posó con energía el tazón de leche del desayuno sobre la mesa. Y en el mismo silencio me tendió una maleta gris que contenía mis escasas pertenencias. Un destartalado autobús me condujo por una carretera sin final. A partir de ese momento mis recuerdos se camuflan en la niebla. La misma que me recibió en aquel alejado rincón de Whitechapel.

La abuela me había insistido.

.- No sueltes el sobre: 24 Donset street.

Luego me enteré de que era una de las calles más miserables de Londres.

.- No lo sueltes rapaza. Esos bárbaros no hablarán cristiano pero al menos supongo que sabrán leer.

Quiero creer que sentía mi marcha. Pienso que algo debió quererme aquella pobre anciana resentida.

Mis padres pertenecían a la clase social de los cockneys. Fácil de identificar por su característico acento de  inglés de los bajos fondos. Mi madre se creía una especie de Eliza Doolitle, el personaje que Audrey Hepburn encarnó en My fair lady, aquella florista del cine, una de las cockneys más ilustres. La recuerdo el día de mi llegada junto a mi padre. Con cierta elegancia pese a la miseria circundante. Aunque mis progenitores habían tenido algo más de suerte que el resto de sus vecinos.

Al verme me abrazaron con fuerza. Yo tenía siete años y era la primera vez que recibía un abrazo de mis padres. Bueno, en realidad era la primera vez que recibía un abrazo de alguien de mi familia. Hasta entonces sólo conocía de su existencia a través de las contadas cartas que el cartero de Naredo, siempre temeroso de las intemperancias del carácter de mi abuela, dejaba apresurado en nuestro buzón antes de marchar zumbando cuesta abajo con su bicicleta.

A partir de entonces dejé de ser una niña abandonada para convertirme en una niña desarraigada.

El inglés, la niebla y una familia postiza forjaron este carácter taciturno que siempre parece acompañarme y que tú has sabido comprender mi estimada colega.

De pronto Tara regresó a la sala de profesores. Parecía recién llegada de un largo viaje.

.- No me importa que me lo preguntes. Es bueno que alguien se interese por mis cosas. La muñeca forma parte de una terapia que he iniciado. Debo llevarla conmigo durante un año para curarme las heridas que aún padece mi niña interior. No debo olvidarla nunca por eso siempre me acompaña a todas partes, incluso cuando voy al gimnasio me la llevo. No le vaya a ocurrir lo de aquella niña a la que dejaron abandonada en la casa de Águeda allá por tierras del Fenar. La terapia exige que al acabar el año se la regale a alguien. Tal vez te la regale a ti ¿Te gustaría Violeta?

Mira, ahí está Leyre en el pasillo. Me temo que con este último parte nadie la va a librar de la expulsión.

Marta Redondo Álvarez. Licenciada en Derecho y Diplomada en Ciencias Religiosas. Casada y madre de 2 hijas de 16 y 20 años. He trabajado en la empresa privada  y luego he sido durante doce años profesora de Religión en Valladolid y León. 

En la actualidad profesora de Lengua y Literatura en Villalón de Campos. Mantengo un blog llamado «Desde mi ventana» desde 2009. Colaboradora en COPE León en el Programa «El espejo de la Iglesia».

Asimismo colaboro en «La Nueva Crónica»  donde escribo una columna de Opinión los sábados. He recibido premios  por un cuento de la Asociación de Naredo y por el concurso de microrrelatos en el  Ayuntamiento de La Vecilla. También he colaborado en la Antología de relatos «El manantial de las palabras» de autores leoneses publicado por la Nueva Crónica y la Universidad  de León.

Blog personal de la autora: http://marta-desdemiventana.blogs

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