El juglar (Primera Parte) by Jorge Daza

Imagen tomada de Pixabay

Es en momentos como este cuando mi mente decide abandonarme y buscar cobijo en los recuerdos agradables. Cuando las imágenes y sonidos del pasado vienen para sosegar mi alma. Si no fuese por esos recuerdos más de una vez hubiese abandonado por temor, por inseguridad o por desaliento. En realidad da igual el motivo, lo que importa es que en las situaciones de flaqueza acudo al pasado instintivamente para sentirme reconfortado.

En esta ocasión la imagen que ha surgido en mi cabeza es la de mi maestro. No puedo evitar sonreír por el pinchazo fugaz de felicidad que siempre me viene asociado a él. Me hace gracia recordar su cara. Nariz afilada, ojos pequeños, pero expresivos, fino bigote y perilla que siempre cuidaba con mimo. El cabello negro solía tenerlo a media melena y recogido en una coleta, aunque como casi siempre iba cubierto con la capucha oscura de la capa ese detalle solía pasar desapercibido. Quizá debería llevar el pelo yo igual, al fin y al cabo soy su sucesor. Aunque para eso primero debería dejármelo crecer. Sin embargo no pienso dejarme jamás ni el bigote ni la perilla. No quiero parecer tan ridículo como él.

Recuerdo cuando le conocí, cuando le vi sentado en el suelo de la plaza del pueblo, apoyado en la pared de piedra de la casa de la panadera. Mantenía su rostro cubierto por la capucha, las manos relajadas y descubiertas por encima de las rodillas y sin mover un músculo. Un montón de niños y varios adultos no le quitaban el ojo de encima. Estaban sentados y expectantes a unos pocos metros de él. De pronto se levantó perezosamente y comenzó a hacer unos suaves y extraños movimientos con las manos. El aire mismo respondió a dichos movimientos y arrastró polvo, piedrecitas y pequeñas hojas del suelo que acompañaban a las corrientes haciéndolas visibles. Con ellas formó figuras de la nada y comenzó a contar una conocida y antigua historia. Los muñecos que creó eran de tamaño natural y bien definidos. Aquel hombre ataviado de negro no paraba de moverse alrededor de las figuras acariciándolas con las manos para mantenerlas o hacer que se moviesen mientras relataba la historia de caballeros y princesas. Con dragón incluido. La figura era impresionante, también lo fue la bocanada de fuego creada de la nada en el hocico para aparentar que escupía fuego. El problema fue que la llamarada golpeó el trasero de la gorda panadera que rondaba por ahí. El juglar tuvo que pedir disculpas cortésmente y prosiguió la representación con las marionetas de viento. Solo que al dragón lo desterró a un segundo plano para evitar más incidentes. De vez en cuando la multitud salía de su asombro y se reía al unísono. Y no era debido a que se tratase de una comedia, en realidad lo cómico residía en la voz afeminada y ridícula que ponía cuando interpretaba a la princesa. No imitaba mal las voces femeninas, en realidad lo hacía adrede. Siempre decía que le encantaba oír las carcajadas del público.

Cuando terminó la representación con una espectacular bola de fuego lanzada al aire el público congregado se sobrecogió y al momento estalló en aplausos mientras las figuras se deshacían. El mago recibía los halagos con inclinaciones exageradas. Luego se puso de cuclillas, hizo unos movimientos circulares con el dedo índice en el suelo y de entre los adoquines surgió barro que formó un plato. Luego hizo como que empujaba aire frente al plato y éste se endureció. Lo usó para pedir unas monedas al entusiasmado público que gustoso se las daba hasta casi llenarlo.

Segundos más tarde el corro se disolvió dejando al mago solo. Bueno, en realidad no estaba solo. Un niño de diez años permaneció de pie a su lado mirándole maravillado. El juglar se percató de él y le dijo que se fuera. La función había terminado. He de decir que ese niño era yo. Y no le hice el menor caso.

– Hazlo otra vez – le dije entusiasmado, pese a que no se reflejó en mi monótona voz.

– No. Se acabó. Mañana haré otra función. Vuelve entonces – me hizo un gesto con la mano para que me alejase.

– Quiero verlo otra vez – al caballero, a la princesa y a ese dragón tan terrorífico capaz de quemar traseros a cinco pasos. Me encantó.

– Ya te he dicho que no. Vuelve mañana.

– Pues enséñame a hacerlo. Lo haré yo mismo.

Mi petición le causó impacto. Aunque creo que le sorprendió más la seguridad con que lo dije. Se inclinó sobre mí y vi su mirada aguda atravesándome. Su perilla me hizo gracia y sonreí. A él no le agradó mi gesto. Así que me trató como lo que era; un niño.

– ¿De verdad quieres aprender a hacer magia? – inquirió. Yo asentí ilusionado -. Está bien. Te enseñaré. Ven aquí, siéntate conmigo, a mi lado – lo hice -. Ahora presta atención. Todos los seres vivos tenemos en nuestro interior una energía con la que podemos manipular los elementos; el aire, el agua, la tierra y el fuego. Los magos la solemos llamar “maná”. Lo que tienes que hacer es encontrar esa energía y sacarla al exterior para alterar las pequeñas corrientes de aire que nos rodean. Cuando encuentres esa fuerza interior canalízala hacia la yema de los dedos y mueve el aire para formar figuras. Prueba, anda. Inténtalo.

Y yo como un idiota lo intenté. Era un crío. No me di cuenta de que en realidad la enseñanza del mago era mucho más difícil de llevarla a la práctica que la teoría, y que él, pese a haberme hecho un resumen acertado de los fundamentos de la magia, estaba seguro de que me entretendría un rato, me cansaría y le dejaría en paz. De hecho, mientras yo buscaba esa energía interior, él se tumbó para echarse una cabezadita.

(Continuará)

Jorge Daza Martín

Jorge Daza Martín (Madrid, España)

Nacido en Madrid, en 1981. Técnico Microinformático de profesión. Ha trabajado en importantes empresas como Banco Popular, Banco Santander y Telefónica. Escribe por afición desde la adolescencia y publicó su primera novela, Ibero, comedia de acción y hombres lobo,en septiembre de 2018. Y la segunda, Sin Whisperers, inspirada en la Divina Comedia, en 2020. Ambas de fantasía paranormal, orientadas a un público joven y publicadas bajo el sello de la Editorial LXL. También ha colaborado en la antología benéfica Libertad de la misma editorial con el relato corto de corte futurista llamado Alma.

Aunque las  dos novelas que han visto la luz son para jóvenes adultos, el autor también explora otros géneros como la fantasía, el suspense y la ciencia ficción, teniendo en todas ellas un estilo particularmente visual y centrado en unos personajes bastante humanizados y cercanos.

Actualmente compagina su trabajo escribiendo novelas de diversas temáticas y experimentando con guiones de televisión.

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