Livia Afrodita by Mercedes G. Rojo

Imagen tomada de Pixabay

Es primavera en Córdoba  y una inesperada lluvia, la segunda vez ya en dos días, sorprende a Marco guiando sus pasos hasta recalar en el Museo Arqueológico de la ciudad. Nunca antes, en las diferentes visitas realizadas a la misma, había reparado en este lugar que ahora tanto le llama la atención. Camina por sus salas, extrañamente semivacías, mientras descubre entre sus piezas el rastro de la Historia. Y de pronto su mirada queda atrapada por la imagen de Afrodita, un marmóreo cuerpo agachándose ante él como si jugase a mojarse con la lluvia que ha quedado fuera. Inconcebiblemente, es incapaz de apartar sus ojos de la escultura y siente una extraña atracción que le arrastra hacia ella, acercándose un poquito más cada vez, hasta que un irrefrenable impulso le empuja a acariciarla. Despacio, desliza sus dedos por el rostro desdibujado por el tiempo, por su cuello, por sus hombros… mientras un  escalofrío le recorre el cuerpo. Con los ojos cerrados, prolonga la caricia ajeno al tiempo que en la misma transcurre; hasta que, lejano, un murmullo rompe el hechizo. Profundamente turbado interrumpe entonces su gesto y continúa camino con un galope de latidos golpeándole en el pecho. Se detiene al llegar junto a los restos del Teatro romano acuciado por un cansancio repentino. Demasiadas horas paseando ayer bajo la lluvia, demasiadas emociones. Busca en la pasarela vacía un rincón para descansar mientras escucha el vídeo explicativo  y, pronto, los espacios pétreos de aquellas ruinas se pueblan de gentes vestidas a la usanza romana. Peplos, túnicas y velos ocupan sus lugares en las gradas y en el escenario aparecen los actores cubiertos con máscaras, pronta a comenzar la comedia. O la tragedia.

            De pronto alguien carraspea junto a Marco mientras le zarandea suavemente por el hombro.

_ ¿Te encuentras bien? ¿Te ocurre algo?

            Abre los ojos y la mira sorprendido ¡Es ella! ¡Es su Afrodita! Una joven de tez clara y ojos hermosos -su cabello rizado peinado en un moño al modo clásico- le observa con un rictus preocupado en sus labios.

_Insisto ¿estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo? – le reitera mientras mantiene sobre sus hombros la suave presión de unas blancas manos, como de mármol – ¿Te traigo agua? ¿Necesitas cualquier otra cosa?

            Marco se demora unos instantes en contestarle, concentrado en la suave textura de aquel cuerpo que presiente bajo la ropa y que su mirada busca ansiosa. Es ella, es Afrodita.

            La joven insiste inquieta –Por favor, contesta ¿te encuentras bien?-

            Agita él  al fin su cabeza tratando de recuperarse de aquella visión de carne y hueso aparecida de repente ante sus ojos, cuando su mirada tropieza con la chapa que lleva su nombre.

_¿Livia? –exclama más sorprendido aún si cabe. – No sé que me ha pasado, ha debido rendirme el cansancio y me he dormido. Perdona si te he asustado – farfulla atolondrado mientras se sorprende imaginando la caricia de esas manos, los besos de esos labios. – Me llamo Marco – se presenta extendiéndole la mano.

            Ella suspira aliviada y ríe – ¡Qué curioso, ambos tenemos nombres romanos! Ahora tengo que dejarte – se despide – el grupo me espera.

            Marco se levanta, perezoso, mientras Livia continúa abriéndole camino a un grupo de turistas. Él se demora en la pasarela viéndola perderse, su negro pelo recogido en un moño estilo “Afrodita” mostrando el inicio de un cuello largo y grácil que se pierde bajo su blusa granate.  No la sigue. Da media vuelta para retornar junto a la escultura de la diosa esperando encontrarse, tal vez, su hueco. Lógicamente ésta no se ha movido de su espacio, no ha cobrado vida; sigue allí, llenando la sala con su hermosa presencia. Se acerca a ella  y la toca de nuevo con sus manos recorriendo la marmórea superficie en una caricia bajo la que ahora siente, solamente,  la imaginada sedosa y cálida  suavidad de la piel de Livia.

            De nuevo un murmullo de gente interrumpe su táctil diálogo  con la piedra. Se aleja sin perder de vista esa figura que para él tiene ya rostro. Y sale del Museo.

            Fuera ha dejado de llover y se decide a esperar, sentado en un banco de la placeta,  que Livia salga para verla de nuevo. Pero no lo hace. Vuelve Marco al día siguiente ansiando encontrar a la muchacha que ha llenado su noche de sueños y de anhelos. Al preguntar por ella nadie sabe darle señal de su existencia. Dicen que no hay nadie con ese nombre en la plantilla.  Asombrado, la busca de nuevo entre las salas y al llegar a la escultura de Afrodita, en su rostro, ayer desdibujado, parece percibir hoy la sonrisa abierta y clara de la joven que ayer dijo llamarse Livia.

            Y sin poder evitarlo, una vez más, vuelve a acariciarla con el leve roce de las yemas de sus dedos, esperando el milagro.

Mercedes G. Rojo

Mercedes G. Rojo. Escritora. León, España.

Colaboradora en distintos medios y revistas, actualmente lo hago periódicamente en La Nueva Crónica de León con semblanzas dedicadas a las  artistas leonesas, además de los artículos para Masticadores y otros medios, y la coordinación de MasticadoresFEM.

            En mi haber varios libros publicados de poesía y relatos como Días Impares, Pecado de omisión yDe lunas, mujeres y otras historias(un precioso trabajo coral junto a mis compañeras Rosa Marina González-Quevedo y Noemí Montañés), y otros que aguardan en el cajón el momento de ver la luz (o no). Cuento además con varios títulos orientados a propuestas intergeneracionales como  Vamos juntos a jugar o los tres títulos de la colección  Historias y leyendas del gato maragato (La leyenda del gato maragato, La historia secreta de Pedro Mato, capitán de los maragatos y Noche de Halloween, noche de difuntos ¡¡¡uuuyyy, qué miedo!!!); y he coordinado varios trabajos corales y/o antologías como homenaje a escritoras como Concha EspinaJosefina Aldecoa, Alfonsa de la Torre, Manuela López  o Felisa Rodríguez.

Algunos de los relatos que se incluirán en la sección de MMisterio han sido finalistas en importantes concursos del territorio nacional. Además de la pasión por escribir disfruto compartiendo literatura, ya sea propia o ajena, en encuentros con público lector de todo tipo en cualquier punto donde me requieran para ello, en especial en los más pequeños, porque la literatura en particular y la cultura en general ha de ser patrimonio de todo el mundo.

Podéis conocer más detalles de mis libros, artículos y trayectoria en general a través de mi blog Entrepaleras y encinas.

Mis redes:

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Mercedes G. Rojo. Youtube

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