Los vampiros by Carlos Campelo García

Ilustración de Carlos Campelo García

Abril del año de Gracia de 2015; casi finalizando el primero del reinado de S.M. Felipe VI. Intentaré reunir las fuerzas que me quedan para relatar un suceso que me aconteció y que considero he de hacer llegar a quienes lo necesiten. Espero que las personas difundan estos hechos para alumbramiento de las mentes, en general, y salvación de las almas en particular.

Me quedan pocas horas de vida y tengo la mente nublada, apenas puedo ordenar la cadena de acontecimientos. Intentaré organizar los sucesos e impresiones de la mejor forma posible pero, pido disculpas por anticipado, es posible que yerre en mi propósito.

Puedo afirmar, porque los he visto y tocado, que existen los vampiros, es cierto. Han mutado y cambiado sus costumbres. Mediado el siglo XIX comprendieron que lo que realmente les alimentaba no era la sangre o la vida de los seres humanos, sino que era su alma lo que, efectivamente, les hacía longevos. Desarrollaron sistemas de captura de almas evitando en lo posible dañar el cuerpo del ser del que decidían alimentarse, se percataron de que los individuos que estaban atravesando un periodo crítico de sus vidas – esos en los que te preguntas siempre “¿para qué?” y la respuesta es “para nada” – , eran más asequibles, piezas fáciles y rápidas a cobrar. Los elegidos acaban muriendo igual; porque se puede vivir sin usar el alma, pero es imposible permanecer con vida sin alma, al menos durante mucho tiempo.

Bueno, intentaré centrarme; la vampiresa que me encontró y consideró que estaba maduro para extraerme el alma era de escándalo; pelirroja, 1,68 de altura, contorno 115, cintura 75, cadera 100; elegante, sofisticada, de edad indeterminada, ni mayor, ni joven, simplemente atemporal. Aunque ya al principio tenía comportamientos que me chocaban, por ejemplo su pestañear y caída de ojos que parecían como de película, impostados, no sé hasta qué punto este detalle informa sobre la naturaleza real de estos seres, puede ser que ante su fría alma necesiten de comportamientos repetidos y aprendidos, pero poco espontáneos.

Me localizó en la primera ocasión que me vi con fuerzas para abandonar mi cubil y enfrentarme a la sociedad. Era un día invernizo, de finales de octubre, cuando decidí sacar mis huesos a pasear por la ciudad y asistir a un evento cultural que se celebraba en un bar; se presentó y me abordó con una naturalidad y elegancia que desde el primer momento me dejó en fuera de juego. Ese día no consiguió aislarme del resto, estaba en compañía de otras dos mujeres (ignoro si también eran vampiros), pero en los siguientes “encontronazos”, cada vez que la veía el resto del mundo desaparecía. Comenzó a regalarme los oídos y después otros sentidos, poco a poco fue consiguiendo que dependiese de ella. La verdad es que ahora, desde el recuerdo, veo cómo fue entretejiendo la tela que me enredaba, llenó mi cabeza y mi alma de sensaciones y sentimientos, incluso llegué a pensar que era algo más que uno de los 7.200 millones de personas – largos – que habitan en el mundo; no me daba cuenta de que todo tenía una finalidad, que todo respondía a un plan preconcebido: aumentar mi dependencia hacia ella me convertía en vulnerable y con las defensas lo suficientemente bajas para que después sucediese lo que sucedió.

En apenas tres semanas me tenía a su completa merced, mi voluntad ya no existía; fue en ese momento, justo en ese momento, cuando me extrajo el alma y con ello la vida; nos encontrábamos en un bar de esos penumbrosos, con nostalgia y poca luz, donde la palabra más alta es un susurro. Acercó su boca a mi oído y tras pronunciar palabras, que creo eran en griego antiguo, noté cómo mi alma abandonaba mi ser y se introducía en el suyo a través de ojos, nariz y boca; una astenia infinita me invadió. Al darme cuenta de esa situación comencé a rogar, a suplicar, a insistir en la clemencia; no hubo compasión, esta fue su última imprecación: “Me da igual lo que pienses de mí, no me importan tus impresiones, me dan igual tus críticas y tus reacciones, me la traen al pairo tus indicaciones; en general todo lo tuyo me da igual, solo quiero tu alma y ahora que la he conseguido, desapareceré y tú morirás”.

Me recogí, en espera de la muerte, poco a poco la ausencia de alma me fue consumiendo, en este mismo instante peso poco más de cuarenta kilos, soy hueso y piel y ahora, con mis últimas fuerzas, relato lo sucedido por si a alguien le sirve de aprendizaje. No puedo aportar información sobre los vampiros macho que, aunque también los conocí, conmigo no interactuaron y, por lo tanto, nada puedo decir sobre ellos excepto que también se alimentan de almas.

En la esperanza de que estas líneas sirvan a alguien, abandono este mundo.

Carlos Campelo García

Carlos Campelo García, nació hace cincuenta y tres años en Benavides de Órbigo, un bello pueblo de la provincia de León (España).

Cursó sus primeros estudios en el colegio de dicho pueblo, los continuó en el colegio de Padres Dominicos de la Virgen del Camino y finalizó el bachillerato en el instituto de Veguellina de Órbigo. Estudió lo que hoy sería el Grado en Historia en la Universidad de León y actualmente está elaborando su tesis doctoral en esta misma Universidad.

Apasionado por la escritura, ha colaborado como autor en las antologías «Historias para hacer historias» (Pi-ediciones, 2016) y «Artistas de León al rescate de Concha Espina» (Lobo sapiens, 2020). Es autor de «Solo un nombre» (Lobo Sapiens, 2019). Participa activamente de los acontecimientos culturales y literarios de la ciudad de León, muy especialmente como asiduo colaborar con «Cuento Cuentos Contigo», evento mensual dedicado a la narrativa.

Ha trabajado desde los veinticinco años como administrativo hasta la actualidad.

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