Lo que el abuelo decía by Marta Redondo Álvarez

Imagen tomada de Pixabay

Yo creo que estos al abuelo tampoco le van a gustar.

Yo podía escucharles con nitidez. Su conversación se filtraba a través de  las oquedades de nuestras paredes.

La mujer, arquitecta,  se empeñaba en pasar la noche durmiendo  en el viejo hórreo sito en la pradera del otro lado.

—Mira,  pues a mí me parece una construcción muy Bauhaus, racional, de esas con uso propio y científicas en el diseño para adaptarse a los entornos pintorescos.

La docta mujer se regodeaba en la vastedad de su sabiduría amparada tras la mascarilla decorada con la imagen de la lista de sopas Campbell de Andy Warhol.

Mientras, la propietaria de la herencia familiar,  se esforzaba en convencer a la empecinada pareja de que el hórreo no formaba parte de las dependencias alquilables.

—Alicia. En las fotos que aparecían en Airbnb se daba a entender que el hórreo también estaba a nuestra disposición.

Mamá frunció  el gesto en  ceño adusto tan característico de nuestra familia. Ahora tan solo  entreverado tras  un embozo blanco. Una vez más defendía mi morada. Como nosotros hacíamos con la casa. Sus penurias económicas aún no le habían arrebatado el ramalazo de orgullo familiar.

La pareja recién llegada, resignada, alzó al unísono la mirada tanteando el entorno.  Sus miradas de profanación  recorrieron  concienzudamente nuestras centenarias  piedras, algunas semiocultas bajo el tapizado vegetal.

El pazo lucía gallardo, esbelto, grisáceo señor del territorio, con portes de grandeza aristocrática. Sus aires de seducción volvieron a embaucar a futuros huéspedes. La pareja quería participar de aquella grandeza y  absorber su  porte para adquirir así ciertos aires de encanto gallego que luego desplegarían vanidosos para disfrute o regodeo de los contactos de sus tropecientas redes sociales.

Mamá no cesaba de marcar territorio.

—El pazo lo hemos  acondicionamos para nosotros. Para que mi familia y yo vivamos aquí. Luego, por problemas de la vida,  mi marido y yo nos separamos. Mi madre murió,  y mis dos hijos y yo nos quedamos prácticamente solos a cargo de esto. Es muy complicado mantenerlo. No hay ayudas. Las casas vecinas languidecen a pedazos. Sus propietarios compran pisos en A Estrada porque allí hay más vida. El Santander me ha recomendado que me deshaga de la casa. Pero yo no quiero. Se construyó en el siglo XVII. Pueden verlo en la inscripción en piedra en el zócalo de la entrada «Hizo esta casa Pedro Pazos en 1617». Yo llevo aún el apellido del abuelo Antea  Outeiro Pazos.

Mamá  lucía  aquel vestido negro de una sola pieza que tan bien le sentaba. Resaltaba su delgadez extrema. La de un cuerpo sometido al esfuerzo descarnado de dos trabajos semanales que la tienen atendiendo  el campo e impulsando las ventas de los productos obtenidos. A todo esto  se añadía el cuidado de ancianos y enfermos dependientes los fines de semana.

Desde hace años un montón de libros recién comprados permanecían vírgenes apilados en la balda de la biblioteca.

—Les rogaría, por favor, que si es posible aparquen al otro lado del camino. Este trozo de enfrente de la casa queremos que se conserve verde. Lo regamos con el agua de la fuente.

En la cabecera del pradiño que custodiaba la casa, un caño cantarín lanzaba risueño un feliz chorro de agua.

—Pueden beber el agua. Está muy fresca.

Cada comentario de mamá llevaba impreso cierto  toque de orgullo herido por aquel terruño ancestral poblado  por nuestras almas.

Los recién llegados decidieron quedarse pese a la insatisfacción del capricho de hospedarse en el hórreo.

Una vez más tuve que agradecerle  a mamá la deferencia de defender a ultranza mi residencia hórrea. Tal gesto podía ocasionarle una reseña negativa en Google privándole de la excelencia que los comentarios solían  otorgar a nuestra casa. Sufría por lo que había hecho y era su modo de compensarme.

Pero el hórreo era intocable. Mamá cancerbera pretendía acallar  su conciencia resguardándome en  aquel  útero improvisado al que me condenó tras privarme del suyo.

Tras enseñarles la casa y revelarles los detalles con el fin de hacer más cómoda su estancia, mamá se fue al otro lado de la casa, donde vivía con mis hermanos.  Un gran armario de madera de castaño nos separaba. No quiso levantar pared alguna. De ese modo ella podría observar lo que acontecía en la parte alquilada. Sobre el armario colocó dos gigantescos osos panda, eran gárgolas lúdicas de peluche anunciaban la presencia de niños. Pero  mis hermanos eran mayores. Y yo nunca podría crecer con ellos.

La arquitecta comenzó su prospección. Primero entró en la cocina dejándose embaucar por el espacio que reinaba en el  fondo de la habitación. Había una estufa de leña. Al lado, el lar original en el que los Pazos habíamos cocinado durante siglos. A su lado una inmensa trébede de hierro forjado. En ella  reposaba,  vacío,  un gigante pote hermano de otro que colgaba como recién ahorcado en ligero balanceo, pendente de unas soberbias  pregancias.

Me urgía acompañar a la intrusa en sus descubrimientos. Así que me situé  a su espalda. Ella olía bien pero sus inoportunos  dedos reptaban por todas partes desnudando la intimidad de nuestra casa. Lo mancillaban todo. Su boca preñada de carga vírica exhalaba tórrido aliento pestilente a su paso.

Esa vetusta parte de la cocina que conservaba su estadio original,  se completaba con  rústico cheslón en madera caoba. El rincón aparecía barnizado en  tono ahumado fruto de vahos de viandas recocinadas. Se  cernía presidido por una  imponente loureira. Y al lado de una de las columnas que sujetaba el entramado, sobre su viejo cojín, estaba sentado vigilante, impertérrito, el abuelo Pazos.

Quise mirar sus ojos vidriosos, como de azabache quebrado, clavándose en las cuencas de mis ojos ausentes. Cuencas. Mamá  no me dio tiempo para hacerme más.

La huésped, ya sin mascarilla, proseguía su descarado periplo colonizador por el pasillo de nuestro piso de abajo. Abrió el cajón de la cómoda de la entrada e intentó extraer la caja de piel donde mamá guarda sus joyas. Entonces no pude evitar exhalar un leve resoplido sobre su cuello. Como siempre el aviso gélido surtió efecto. La sensación de frío conturbó a la mujer que giró la cabeza sospechando una presencia extraña. Mas enseguida recuperó la compostura. La gente erudita rechaza creencias que juzga supersticiones del vulgo.

Nunca he logrado entender  por qué mamá deja sus joyas tan a la intemperie, expuestas al toqueteo de fisgones. Bastante duro es sufrir su invasión. Pero mamá pretende  descarnarse, sufrir el expolio de su privacidad, condenarse al escarnio público. A lo mejor es su modo de  exorcizar su dolor, como si se tratara de una de aquellas brujas que la inquisición desnudaba en las plazas públicas para luego quemar entre los obscenos  gritos exacerbados de multitudes sedientas de sacrificios. Pero allí no había meigas. Los gallegos sabemos alejarlas con nuestras chimeneas espantabruxas. Además, estaba ese pestilente ajo que mamá dejaba sobre la panera de madera en el aparador de la cocina. Imposible transitar por allí.

Por fin la pareja decidió echarse.

Cayó la noche. Y como cada día comencé a recorrer las habitaciones de infancia de mis hermanos. Mirar sus apuntes, libros, las copas y medallas que habían ganado. Los guantes de boxeo que les había regalado su padre. El mío nunca me regaló nada. Claro que no debió ni saber de mi existencia.

No entendía cómo a los huéspedes les gustaba convivir con aquellas pertenencias y recuerdos familiares sin sentirse convidados de piedra. Si yo hubiera estado viva y de ser uno de aquellos inquilinos perturbadores  me habría sentido como un espectro insolente entre ajenos paisajes.

Me recosté en el cheslón. Allí seguía el abuelo. Capté la urgencia en su mirada. Ese aire de mando ancestral que se había impuesto a generaciones enteras. Sus ojos brillaban ahora como tizones encendidos  flotando en la loureira. Nunca pensé que los fantasmas pudiéramos temernos entre nosotros. La presencia de mi abuelo era aterradora en muerte como lo debió ser en vida.

Arriba dormía la pareja y en derredor el virus de muerte que ellos portaban se cernía sobre el ambiente poniendo en peligro no solo la casa, sino a toda la aldea.

Había que cuidar de mamá aunque ella hubiera decidido deshacerse de mí violentamente cuando aún estaba gestante en su seno, una fría noche, muerta entre el hielo, enterrada sin duelo a los pies del viejo hórreo familiar.

Abrí el cajón de la cocina.

Cogí el cuchillo.

Miré al abuelo.

La arquitecta tendría su capricho. Dormiría para siempre junto con su hombre, en nuestro hórreo, a los pies del pazo.

Al final, siempre se acaba haciendo lo que el abuelo decía.

Como cuando aún en el vientre de mi madre, avergonzado por el que dirán,  él decidió que me mandaran al inframundo para que viviéramos eternamente acompañados.

Marta Redondo Álvarez

Marta Redondo Álvarez. Licenciada en Derecho y Diplomada en Ciencias Religiosas. Casada y madre de 2 hijas de 16 y 20 años. He trabajado en la empresa privada  y luego he sido durante doce años profesora de Religión en Valladolid y León. 

En la actualidad profesora de Lengua y Literatura en Villalón de Campos. Mantengo un blog llamado «Desde mi ventana» desde 2009. Colaboradora en COPE León en el Programa «El espejo de la Iglesia».

Asimismo colaboro en «La Nueva Crónica»  donde escribo una columna de Opinión los sábados. He recibido premios  por un cuento de la Asociación de Naredo y por el concurso de microrrelatos en el  Ayuntamiento de La Vecilla. También he colaborado en la Antología de relatos «El manantial de las palabras» de autores leoneses publicado por la Nueva Crónica y la Universidad  de León.

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