Y se acabó o no … by C. Noemí Montañés Fernández

Imagen tomada de Pixabay

Colgado de la pared de alicatado dominó en blanco y gris perla de la cocina, el calendario fue perdiendo meses. Su primer trimestre se deslizó entre la nieve de enero, la helada de febrero y un marzo anodino, y sus hojas fueron arrancadas de cuajo, sin la menor consideración a lo que su pérdida le suponía, cada 30 o 31 según procediera incluso el excepcional 28, le arrebataban una parte de sí, y así los trimestres segundo y tercero corrieron la misma suerte.

Hoy, uno de diciembre, se sentía abatido, encaminando el último mes del cuarto trimestre, veía muy cerca su final. El rotulador rojo que cada día tachaba si piedad a cada uno de sus vástagos, dejándole, más solo más vacío, que quedaba rematado por el tirón final del mes. No quería acabarse, cada año la misma tortura agónica de ese final dramático, donde todo se diluye en la historia abandonando presente y futuro.

Tras la autocompasión inicial, se decidió con total firmeza a evitar el fin que se repetía año tras año. Así que se prometió así mismo que nadie podría arrancar esa última hoja que le hacía acabarse.

Se puso manos a la obra: tendría que ser de noche, cuando la familia dormía y no pasaban por la cocina. En cuanto a la fecha, no podía ser otra que la noche del 30 al 31 (siempre tiraban el calendario la mañana de Nochevieja). Se dispuso a organizar sus tropas. Los días de la semana, en línea irían en avanzadilla hacia el cajón de las herramientas básicas donde estaba el objetivo: el Loctite invisible. Debían de hacerse fuertes en el cajón a la espera de que el batallón de ataque (formado por los días del 20 al 30) redujeran al pegamento y se lo llevaran para culminar la misión, extremo este que sería ejecutado por los días de una sola cifra e impares, que lo pares se dispersaban siempre buscando su media naranja. El día 31 se quedaría en la retaguardia por si acaso.  

Una vez ejecutada la maniobra de fijación del pegamento que reforzaba la línea de puntos taladrada —que le separaba, a él y a sus días, del ser a la nada—, se reforzó todo el mes con una capa de cola para asegurarse el éxito de la misión y dispuso que los días, de la decena a la veintena, la extendieran entre los cubículos de los días de todo el mes.

La noche fijada todo fue según el plan acordado. Y contra la mañana, el calendario y su tropa echaron una cabezada exhaustos por el trabajo hecho.

A la mañana siguiente, se levantó la madre, desganada empezó con su ritual matutino, poner hacer le café, tomarse el kiwi y tras recoger el lavavajillas del día anterior, sentarse a degustar su primer café como siempre de pie apoyada en la encimera, escuchando las primeras noticias. «Buenos días oyentes, hoy despedimos 2021». ¡¡¡Y se percató de que era 31!!!, Nochevieja, y su cabeza empezó a bullir con todo lo que había que hacer antes de que el día y el año terminasen.

Observó al calendario y la decadencia de una sola hoja, y se dispuso a arrancarla. Primero, como habitualmente, de un tirón con una mano, pero no pudo; lo intentó por segunda vez y nada; posó la jarra del café y lo intentó con los dos, imposible… Se rindió, ya lo haría su marido al levantase.

Todos y cada uno de los miembros de la familia lo intentaron, con la mano, con tijeras, incluso con el cúter e imposible. Se pasó el día y la larga noche de fiesta.

A la mañana siguiente, de nuevo, la madre se levantó y se reinició como cada mañana, y cuando encendió la radio oyó: «Buenos días oyentes, hoy despedimos 2021». ¡¡¡Y se percató de que era 31!!!, Nochevieja, y su cabeza empezó a bullir con todo lo que había que hacer antes de que el día y el año terminasen.

El éxito de la misión fue total, el calendario estaba exultante. Nunca se cayó la hoja de diciembre de 2021, y en esa casa cada día, durante 60 años, solo se vivió el 31 de diciembre de 2021. El bucle solo se rompió cuando la casa fue demolida y entre los escombros, estaba, un trozo de tabique que portaba el calendario ya muy ajado, solo un Bulldozer pudo acabar con el bucle temporal.

De la familia nunca más se supo, quizás murieron de «hiperindigestión» de cenar, a diario, una cena de Nochevieja con una docena de uvas de bocado final, cada día, que era el mismo y para siempre.

C. Noemí Montañés Fernández

Carmen Noemí Montañés Fernández, nació una heladora noche de un 18 de

diciembre de 1969 en León. Licenciada en Derecho (Universidad de León, 1993).

Letrada ejerciente, que le hizo aterrizar en tierras hernandianas en el año 2000 y

que alimentó aún más —si cabe su querencia— por las letras en todas sus dimensiones.

Tras catorce años, donde el Mediterráneo fue su compañero inseparable de

aventuras y desventuras jurídico-vitales, un cálido 9 de julio de 2014 regresó al

terruño, reiniciando su vida profesional e iniciando una vida alternativa cultural

(la que, de hecho, le redime de la primera cada día) que hasta el día de hoy le ha

reportado encuentros y experiencias irrepetibles y fantásticas.

Nació en una familia ávida lectora, que le permitió desde siempre leer todo

aquello que caía en sus manos sin filtro, lo que le hizo una adicta a la lectura. Pero

a pesar de esa querencia absoluta por las historias ajenas, nunca se le ocurrió coger

pluma y papel hasta que, en uno de esos eventos que empezó a frecuentar, le

sugirieron que se iniciara en esto de contar. Y empezó con un cuento, y otro, y

otro y se sucedieron las historias. Y comenzaron las colaboraciones en ediciones

compartidas, y se sucedió el primero, aquel «24 Horas» inolvidable y detrás

«Cuento cuentos contigo» y, así, la escritura penetró en su vida y siguieron otras

colaboraciones, en Salud Mental, en el día de la Mujer con doña Concha Espina, doña Josefina Aldecoa y Maruja y Manolita López —sucesivamente 2018, 2019

y 2020 con motivo del Día de la mujer, y en la edición de 2019 de Poetas por

Ciudad Juárez—. Y entre medias, también participó en una obra coral de relatos

«Póker de Damas y un Comodín». La última publicación, también coral, es «De

lunas , mujeres y otras historias», publicada en 2020.

A día de hoy, cuando su agenda profesional se lo permite, participa en la

actividad cultural de esta ciudad hermosa que la vio nacer hace cincuenta años y

que le permitió iniciarse tardíamente en esto de las letras, a pesar de ser letrada

hace ya más de veintisiete años, y que como decía el sabio Fray Luis de León, le

permite huir del mundanal ruido.

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