Ánimas (II) by María Dolores Martínez Lombó

Imagen tomada de Pixabay

Al salir del templo, había entrado la noche y descendimos por la cuesta hasta llegar al camino. Avanzando entre las tinieblas, nos acompañaban todas las sombras y la más temible oscuridad. El pozo de la huerta bramaba desde sus entrañas, yo oía los lamentos y hasta sentía que me arañaban la espalda. Sólo podía apretar con fuerza la mano que me sujetaba. Los maizales secos y ya podridos estiraban sus harapientos brazos, tenían hundidas las cuencas de los ojos y como si despegaran sus raíces de la tierra se iban uniendo al sequito de sombras.

Las alimañas aullaban sin tregua desde el monte, los perros hacían coro desde las casas…eso solo ocurría cuando rondaba el tránsito. La mano me apretaba y lo repetía una y otra vez. Al menos esas manos llenas de vida podían protegerme, sentía la sensación de un frio intenso en la espada que me hacía intuir la presencia de un ejército de sombras, estaba segura de que caminaban junto a mí y, el solo hecho de pensarlo, me hacía apurar la marcha para refugiarme en el hogar. El terror pensaba que las almas muertas eran ánimas que intentaban atraparme.

Refugiada en casa, el abrigo de las paredes era insuficiente para calmar la ansiedad producida al haber asistido al novenario de difuntos. Ya en la cama, tapada hasta el último cabello, además del silbido del viento que se colaba por cualquier rendija, un sospechoso ruido y la curiosidad de descubrir el entuerto me hicieron levantar y subirme al alfeizar, descorrí unos milímetros el visillo… pues… ¡allí estaban!

Ahora eran una enorme sombra negra arrastrada por una más pequeña. El oscuro bulto raspaba el suelo y el ruido de cadenas, bien podía recordar una escena de presos o de penitentes. La sombra más pequeña empujaba lo que bien podía ser una montaña de carne sin vida, tal vez pretendía ocultarla bajo el chamizo. ¿Quedarían allí enterradas por siempre?

Apesadumbrada volví al lecho y aproveché el conticinio descansando en absoluta oscuridad. Ojalá el nuevo amanecer descubriera, de una vez por todas, ese misterio que tanto terror me producía.

El nuevo día recibió la luz del sol entre las nubes grises de noviembre. La mañana se presentaba apacible. Solamente un puñado de grajos negros sobrevolaban las choperas, perdiéndose ya en los enturbiados cirros. Respiré aliviada, pues me habían contado que estos pajarracos no auguraban cosa buena cuando volaban sobre los hogares.

Pasaron muchos y felices amaneceres hasta que pude entender dónde están y quiénes son las ánimas. Entendí con el tiempo que el agua no brama, que los perros que aúllan no están poseídos, que las sombras oscuras sean, tal vez, un furtivo que arrastra una enorme pieza mal cazada, que a los maizales los cortan… no se van así como así del terreno.

Se fueron marchando las cálidas manos que sujetaron la infancia, tristes ausencias que me hicieron descubrir que las ánimas están muy cerca, en cada momento de nuestros días.

Ellas son ave, estrella, flor o mariposa.

(León, 2/12/2021)

María Dolores Martínez Lombó

Castrillo de las Piedras (León), 1959.

Licenciada en Filología Hispánica (Universidad de León, 1982).

Vine al mundo en verano, en un molino de aceite de linaza a la orilla del río Tuerto. Me gusta escribir y esta acción siempre ha estado vinculada con mis estudios y posteriormente con el trabajo que desarrollo.

Escribo, desde el corazón y desde la memoria, relatos con los que pretendo trasmitir recuerdos, vivencias y emociones. Aún inéditos, recopilo como un tesoro todas las narraciones que escribo a propósito de mis intervenciones en el Recorrido Romántico, en las Rondas de Filandones y de otros eventos culturales en los que participo.

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